lunes, 30 de enero de 2017



Domingo de la 5ª semana de Tiempo Ordinario – 05/02/2017

ESCRITO POR WEBMASTER EL . POSTEADO EN HOY DOMINGO

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Comentario Pastoral
EL SABOR Y LA LUMINOSIDAD CRISTIANA
La sal y la luz, el sabor y la luminosidad transforman respectivamente la masa de una comida y la espesura de las tinieblas. Desde el Evangelio de este quinto domingo ordinario a los creyentes se nos recuerda que debemos conservar el sabor genuino del Credo sin atenuarlo en la indiferencia; y que nuestro empeño misionero debe ser brillante sin ocultaciones cobardes.

La sal se aplica a las heridas, en una medicina rudimentaria, para cauterizarlas o desinfectarlas; eliminando los microbios, preserva los alimentos de la descomposición. Si el creyente es la sal de la tierra debe poseer esta inalterada fuerza de transformación y de purificación que conduce a la humanidad a las esencias y valores genuinos, pues aporta al mundo el sabor de fe, la purificación de esperanza, la fuerza del amor transformante.

La sal es sustancia que no se puede comer por si sola, pero que da gusto a los alimentos y solo es menester una pequeña cantidad para hacer agradable toda la comida. Su gusto es irreemplazable, por eso si pierde su sabor nada existe que pueda dar a la sal el gusto salado. De ahí que sea fácil concluir que el discípulo de Jesús ha de dejarse impregnar de la sal del Evangelio para encontrar el gusto por la vida y el sabor de la eternidad. ¿Qué es la sal sin sabor? Es el hombre que ignora los ‘porqués’ fundamentales de la existencia humana, el cristiano que ha perdido la sabiduría (sabor) del Evangelio. Hay que recuperar siempre el sabor del saber cristiano.

El simbolismo de la luz es de importancia capital en el lenguaje religioso y bíblico. Pensemos, nada más abrir el primer libro de la Biblia, que la separación de la luz de las tinieblas fue el primer acto del Dios creador, que tenía la luz como vestido y se manifestaba entre el brillo cegador de relámpagos y fuego.

Hoy vuelve a cobrar actualidad el pasaje de lsaías: “El pueblo que caminaba en tinieblas, vio una luz grande; habitaban tierras de sombras y una luz les brilló”. Desde que la luz de Dios habita entre nosotros, desde la iluminación que estalló en la noche de Belén, todos los caminos de los hombres se han iluminado. Ya no hay que dar pasos titubeantes por sendas tenebrosas. Si nacer es “ver la luz del mundo, renacer en el bautismo es haber visto la luz de Dios”.

La misión y obra de Cristo es iluminadora. Él es la luz del mundo y su palabra es claridad. En este mundo tecnificado, en que se encienden y apagan tantas luces, en medio de la ciudad que brilla con la luz inventada por los hombres, paradójicamente se multiplican muchas oscuridades y no se logra disipar sombras y tinieblas interiores. Para poder contemplar los colores del mundo hay que tener la luz de los “hijos de Dios”. Solamente Cristo reanima nuestros titubeantes resplandores y su palabra nos permite vivir en la claridad de su cercanía.
Andrés Pardo

Palabra de Dios:

Isaías 58, 7-10Sal 111, 4-5. 6-7. 8a y 9
san Pablo a los Corintios 2, 1-5Mateo 5, 13-16
de la Palabra a la Vida
El discurso de las bienaventuranzas continúa con esta breve advertencia que escuchamos en el evangelio de hoy, y que advierte de la necesidad de que los discípulos no dejen de ser lo que son si no quieren que su misión cambie y los resultados no sean los que Dios espera: La sal no puede desvirtuarse. La sal es la fe que Jesús ha infundido en los discípulos, y si esta se pierde… entonces «ser arrojado fuera» es una expresión que hace referencia al juicio de Dios, a aquel que no ha hecho lo que Dios esperaba. El discípulo tiene que acoger en el corazón que, en adelante, vive para llevar a cabo la misión de Jesús en beneficio de los hombres. Como la sal sirve para otros alimentos, los discípulos tendrán que hacer frente a una misión para bien de la humanidad.

Por eso, todas las obras que el discípulo realice en su vida tienen influencia a estos efectos: salan la ofrenda de la vida, es decir, la convierten en una ofrenda no fugaz sino duradera. Es la fe en el Señor el condimento que hace que nuestras decisiones y acciones, que nuestros pensamientos y palabras, puedan presentarse delante del Señor para que Él las bendiga y las haga agradables al Padre. Nuestras acciones, entonces, se vuelven cruciales si el discípulo en ellas apuesta por el Señor. Ya la primera lectura nos presentaba esta sabiduría divina: si partes tu pan, si hospedas, si vistes… es decir, ante determinadas acciones, “romperá tu luz como la aurora”. Cuando destierres, cuando partas, cuando sacies… harás visible la fe invisible que tienes en Dios. “El justo brilla en las tinieblas como una luz”, que la Iglesia repite en el Salmo, es el reconocimiento de la enseñanza de Cristo. La luz de Cristo se ha comunicado a los discípulos, ha iluminado sus corazones, pero para que esa luz pueda “verse” es necesario obrar siguiendo la enseñanza del Maestro, obrar desde la fe.

Así, lo que aplicaba la Palabra de Dios a la sal, lo aplica también para la luz. La creación, que comienza con la luz que se hace visible en la tiniebla, continúa avanzando en cada acción creyente de la humanidad. El discípulo se convierte en creador cuando obra con fe, con fe en Jesucristo, pero en realidad está siendo partícipe en una creación nueva, según la fe, según Cristo. Toma un valor decisivo en la vida del discípulo el enfrentamiento contra la omisión: cuando dejamos de hacer algo que la fe ha iluminado en nuestro corazón, la creación se detiene, la tiniebla avanza, la oscuridad nos vence y nos atemoriza hasta conseguir que no hagamos. Hemos ocultado la luz bajo el celemín y no hemos permitido, no ya nuestro buen obrar, sino tampoco que alumbre a otros, que otros puedan ver.

Podemos pensar en muchos momentos que al no hacer algo bueno que Dios dicta a nuestro corazón “no pasa nada”. En realidad, no pasa nada… bueno. No olvidemos aquello que el amo reprocha al siervo que ha escondido su talento, en la parábola acerca del final de los tiempos (cf. Mt 25,25). Cuando uno deja de dar luz, deja de ser luz. Es así como la fe se apaga en nosotros. La fe que hemos recibido, que estamos contentos y convencidos de tener, se alimenta de buenas acciones, de actos de fe que nos mueven a obrar como Dios quiere, siendo luz en el mundo y sal de la tierra. La liturgia de la Iglesia nos mueve a obrar según nuestra fe.

Celebrar la misa, participar en la oración de las horas, anima a que nuestra vida elija ser sal y luz. Es para eso. ¿Soy consciente de que algo se mueve en mí para obrar según Dios? ¿Acepto esa vocación de discípulo que puede dar alegría a mi corazón, o reniego de esas buenas obras y dejo que se vaya apagando mi fe? En realidad, aquel que es consciente de que sus acciones iluminan a otros, sólo puede humildemente dar gracias a Dios por tanta generosidad, por compartir la tarea de la creación con nosotros en nuestra vida.
Diego Figueroa

al ritmo de las celebraciones 

De la oración litúrgica a la oración personal…
el prefacio de la Virgen María, madre y medianera de la gracia
En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno, por Cristo, Señor nuestro.
A quien, verdadero Dios y verdadero hombre,
constituiste único Mediador, viviente siempre para interceder por nosotros.
En tu inefable bondad
has hecho también a la Virgen María Madre y colaboradora del Redentor,
para ejercer una función maternal en la Iglesia:
de intercesión y de gracia, de súplica y de perdón,
de reconciliación y de paz.
Su generosa entrega de amor de madre
depende de la única mediación de Cristo y en ella reside toda su fuerza.
En la Virgen María se refugian los fieles que están rodeados de angustias y peligros,
invocándola como madre de misericordia y dispensadora de la gracia.
Por eso, con los ángeles y los arcángeles y con todos los coros celestiales,
cantamos sin cesar el himno de tu gloria:
Santo, Santo, Santo…


Para la Semana
Lunes 6:

Génesis 1,1-19. Dijo Dios, y así fue.

Sal 103. El Señor goce con sus obras.

Marcos 6,53-56. Los que le tocaban se ponían sanos.
Martes 7:

Génesis 1,20-2,4. Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza.

Sal 8. ¡Señor, dueño nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!

Marcos 7,1-13. Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferrarnos a la tradición de los hombres,
Miércoles 8:

Gn 2,4b-9.15-17. El Señor Dios tomó al hombre y lo colocó en el jardín del Edén.

Sal 103. Bendice, alma mía, al Señor.

Mc 7,14-23. Lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre.
Jueves 9:

Gn 2,18-25. Dios presentó la mujer al hombre. Y serán los dos una sola carne.

Sal 127. Dichosos los que temen al Señor.

Mc 7,24-30. Los perros, debajo de la mesa, comen las migajas que tiran los niños.
Viernes 10:
Santa Escolástica, virgen. Memoria.

Gn 3,1-8. Seréis como Dios en el conocimiento del bien y del mal.

Sal 31. Dichoso el que está absuelto de su culpa.

Mc 7,31-37. Hace oír a los sordos y hablar a los mudos.
Sábado 11:

Gn 3,9-24. El Señor lo expulsó del jardín del Edén, para que labrase el suelo.

Sal 89. Señor, tú has sido nuestro refugio de generación en generación.

Mc 8,1-10. La gente comió hasta quedar satisfecha

domingo, 22 de enero de 2017


23/01/2017 – Lunes de la 3ª semana de Tiempo Ordinario. San Francisco de Sales, obispo y doctor

ESCRITO POR EL . POSTEADO EN LECTURAS DE MISA

PRIMERA LECTURA
Se ha ofrecido una sola vez para quitar los pecados. La segunda vez aparecerá a los que lo esperan
Lectura de la carta a los Hebreos 9, 15. 24-28
Hermanos:
Cristo es mediador de una alianza nueva: en ella ha habido una muerte que ha redimido de los pecados cometidos durante la primera alianza; y así los llamados pueden recibir la promesa de la herencia eterna.
Cristo entró no en un santuario construido por hombres, imagen del auténtico, sino en el mismo cielo, para ponerse ante Dios, intercediendo por nosotros.
Tampoco se ofrece a si mismo muchas veces como el sumo sacerdote, que entraba en el santuario todos los años y ofrecía sangre ajena; si hubiese sido así, tendría que haber padecido muchas veces, desde la fundación del mundo. De hecho, él se ha manifestado una sola vez, al final de los tiempos para destruir el pecado con el sacrificio de sí mismo.
Por cuanto el destino de los hombres es morir una sola vez; y después de la muerte, el juicio.
De la misma manera, Cristo se ofreció una sola vez para quitar los pecados de todos.
La segunda vez aparecerá, sin ninguna relación al pecado, para salvar a los que lo esperan.
Palabra de Dios.
Sal 97, 1. 2-3ab. 3cd-4. 5-6
R. Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas.
Cantad al Señor un cántico nuevo,
porque ha hecho maravillas.
Su diestra le ha dado la victoria,
su santo brazo. R.
El Señor da a conocer su salvación,
revela a las naciones su justicia.
Se acordó de su misericordia y su fidelidad
en favor de la casa de Israel. R.
Los confines de la tierra han contemplado
la salvación de nuestro Dios.
Aclama al Señor, tierra entera;
gritad, vitoread, tocad. R.
Tañed la cítara para el Señor,
suenen los instrumentos:
con clarines y al son de trompetas,
aclamad al Rey y Señor. R.
EVANGELIO
Satanás está perdido
Lectura del santo Evangelio según san Marcos 3, 22-30
En aquel tiempo, los escribas que habían bajado de Jerusalén decían:
«Tiene dentro a Belzebú y expulsa a los demonios con el poder del jefe de los demonios».
Él los invitó a acercarse y les puso estas parábolas:
« ¿Cómo va a echar Satanás a Satanás? Un reino dividido internamente no puede subsistir; una familia dividida no puede subsistir. Si Satanás se rebela contra si mismo, para hacerse la guerra, no puede subsistir, está perdido. Nadie puede meterse en casa de un hombre forzudo para arramblar con su ajuar, si primero no lo ata; entonces podrá arramblar con la casa.
En verdad os digo, todo se les podrá perdonar a los hombres: los pecados y cualquier blasfemia que digan; pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás, cargará con su pecado para siempre».
Se refería a los que decían que tenía dentro un espíritu inmundo.
Palabra del Señor.

LAS LLAMADAS DE DIOS
La Biblia es la historia de las llamadas de Dios a los hombres. Basándonos en el texto principal de la vocación de los primeros apóstoles, que se lee en el evangelio de este tercer domingo ordinario, podemos volver a escuchar la invitación al seguimiento de Jesús de Nazaret; invitación que se actualiza hoy a la orilla del lago de nuestra propia existencia. ¿A qué somos convocados? ¿Cuáles son los matices y exigencias de esta llamada personal y comunitaria?
Somos llamados a dejar las redes, mejor dicho, a desenredamos de tantas cosas adjetivas, de tantos afanes inútiles, para vivir centrados en lo sustantivo e importante. Dejar las redes significa también capacidad de desprendimiento, espontaneidad en la aceptación de una vocación superior, que es experiencia nueva y aventura religiosa.

Somos llamados a abandonar, si es necesario, la barca de nuestra seguridad y de nuestra obsesiva subsistencia. Esto exige disponibilidad para emprender nuevas singladuras que van más allá del agua cercana de nuestro entorno familiar. Abandonar la barca es compromiso para dejar lo movedizo, caminando por la tierra firme de la fe.

Somos llamados a ser pescadores de hombres, es decir, a entender la primacía de las personas, a buscar relaciones profundas, a tener experiencias fraternas, a dejar de pescar lo ordinario.

Somos llamados a “ver una luz grande” como dice Isaías en la primera lectura. La luz siempre, es símbolo de Dios. El brillo inconfundible de lo divino es una oferta continua de salvación y liberación de nuestras tinieblas esclavizantes. La luz de Dios es una llamada a la coherencia de la fe, por eso se cuela por todos los rincones, descubre nuestras limitaciones y mezquindades, exige cambios en nuestra existencia cristiana.

Somos llamados a “acrecentar la alegría”, porque son muchas y fastidiosas las tristezas miopes de la existencia humana cuando no se tiene fe. La alegría cristiana es un contrapunto a los ridículos goces terrenos.

Somos llamados a la unidad, según nos recuerda San Pablo. Para ponerse de acuerdo y no estar divididos, hay que tener un mismo pensar y sentir. No basta haber abandonado la violencia y las discordias. No es suficiente superar enfrentamientos. Es poco tener respeto. Hay que llegar al amor sin límites.

Andrés Pardo

Palabra de Dios:

Isaías 8, 23b-9, 3Sal 26, 1. 4. 13-14
san Pablo a los Corintios 1, 10-13. 17Mateo 4, 12-23
de la Palabra a la Vida
Los territorios de Zabulón y Neftalí, que habían sufrido algunos de los más violentos y tristes episodios de las guerras con los asirios, se convierten en testigos de la aparición del Mesías en medio de ellos. Zabulón y Neftalí, la misma Cafarnaúm, reunían a judíos y paganos por igual debido al comercio de la zona: a todos los pueblos les aparece el Señor. Zabulón y Neftalí, en tinieblas, reciben la presencia de la luz, “una luz grande”.

El tiempo ordinario hace que aquellos que se habían alejado de Dios, que estaban viviendo en la oscuridad, puedan reconocer la luz del Mesías y seguirlo. Sí, porque Cristo aparece no solamente para ofrecer una luz al pueblo, sino para que el pueblo acoja el deseo de vivir en esa luz, de seguirla “por donde quiera que vaya”. Y es así porque, para el profeta Isaías que anuncia esa luz grande para estos territorios, la luz es la llegada de un nuevo y gran rey para Israel y para todos los pueblos.


Los principios de la misión evangelizadora de Cristo son las primeras luces del día, las luces del alba, que producen la esperanza de un día soleado y tranquilo, lleno de paz: el que viene a anunciar el Reino de Dios trae la paz. Ahora podemos escucharle y acoger su Palabra en paz. tanto es así que, en esos albores de la misión de Cristo, unos pescadores son llamados a colaborar con Él. Su misión no será fácil, podrán esforzarse en medio de las tinieblas, como el pescador lucha contra el mar en la noche, pero los frutos dependerán del Maestro.
La Iglesia, que escucha la llamada a los pescadores, se siente rápidamente llamada con ellos: el anuncio del Reino, el tiempo ordinario, comienzan con la luz de Cristo llamando a seguirle. En medio de nuestra vida, este Rey que aparece pide la fe no sólo para creer en Él, sino para seguirle. Sin duda, una respuesta afirmativa, como la de Pedro y Andrés, Santiago y Juan, nos hará decir cada día de nuestra vida que “el Señor es mi luz y mi salvación”, que si le seguimos, “¿quién me hará temblar?”. a la luz de Cristo las tinieblas, del pasado y del presente se aclaran, y nos lanzan a un futuro esperanzador, un futuro de brega, de combate constante para que se cumpla la voluntad de Dios en nuestra vida y en la de todos los hombres, pero un futuro que se puede afrontar confiadamente por la presencia del Señor, luz de todos los pueblos, de los judíos y de los gentiles.


De alguna forma, también en nuestra vida nosotros hemos experimentado que el Señor ha ido apareciendo, como una luz que suavemente amanece creando en el corazón una sensación de paz y de seguridad, de firmeza, pero a la vez que nos advierte de que hay que empezar a hacer, que hay que moverse…La belleza de esas luces a la orilla del lago de Galilea son difíciles de olvidar para quien ha peregrinado a la Tierra del Señor, pero más difícil de olvidar es cómo esa luz ha quedado impresa en nuestra vida por la presencia del Señor, que nos mira y nos llama: “Venid conmigo”. Es una invitación que nos llama a la fe, que sólo desde una humilde fe puede ser acogida y respetada en su profunda intención.

Si, ahora la luz de Cristo ilumina nuestra orilla, nuestra esperanza, nuestra vida: ¿qué haremos? ¿Dónde somos capaces de reconocer la llamada del Señor en nuestra vida? Cuando venimos a la celebración de la Iglesia, casi que nosotros nos situamos a su lado, en su orilla: ¿Experimento su llamada, por la Palabra y la Eucaristía, sobre mi vida? ¿Experimento cómo ilumina, suavemente, mis dificultades, para acoger su voluntad? ¿Sigo el camino de los pescadores? Porque sí, su respuesta es la que tiene que ser también la mía, la nuestra.

Diego Figueroa

al ritmo de las celebraciones 

De la oración litúrgica a la oración personal…
el prefacio de la Virgen María, mujer nueva
En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno.
Porque a Cristo, autor de la nueva Alianza,
le diste por Madre y asociada a la Virgen santa María,
y la hiciste primicia de tu nuevo pueblo.
Pues ella, concebida sin pecado y colmada de tu gracia,
es en verdad la mujer nueva y la primera discípula de la nueva Ley.
Ella es la mujer alegre en tu servicio, dócil a la voz del Espíritu Santo,
solícita en la fidelidad a tu Palabra.
Ella es la mujer dichosa por su fe,
bendita en su Hijo y ensalzada entre los humildes.
Ella es la mujer fuerte en la tribulación,
firme junto a la cruz del Hijo y gloriosa en su salida de este mundo.
Por eso,
con todos los ángeles y santos, te alabamos, proclamando sin cesar:
Santo, Santo, Santo…
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domingo, 8 de enero de 2017

Comentario Pastoral
¿BAUTIZAR A LOS NIÑOS?
La fiesta del Bautismo del Señor que concluye el tiempo de Navidad, es Epifanía del comienzo de la vida pública de Jesús y de su ministerio mesiánico. Jesús de Nazaret bajó al Jordán como si fuese un pecador (“compartió en todo nuestra condición humana menos en el pecado”), para santificar el agua y salir de ella revelando su divinidad y el misterio del nuevo bautismo. El Espíritu de Dios descendió sobre él y la voz del Padre se hizo oír desde el cielo para presentarle como su Hijo amado.

El Bautismo es puerta de la vida y del reino, Sacramento de la fe, signo de incorporación a la Iglesia, vínculo sacramental indeleble, baño de regeneración que nos hace hijos de Dios. El Bautismo es el gran compromiso que puede adquirir el hombre. Y los compromisos verdaderos surgen en la libertad y en la decisión responsable de los adultos. Por eso, al recordar el Bautismo de Jesús en edad adulta, más de uno se puede plantear el sentido del Bautismo de los niños. ¿Se puede bautizar a un niño que aún está privado de responsabilidad personal? ¿Se le puede introducir en la iglesia sin su consentimiento? Estos interrogantes igualmente provocan una cascada de preguntas: “¿Quién nos pidió permiso para traernos a la existencia? ¿Por qué tuve que nacer en un ambiente y en unas condiciones determinadas de cultura y de clima? ¿Por qué he nacido en esta familia concreta que me dejará una huella propia?” Etc… Es el juego de la vida y el misterio de la existencia. Al hombre siempre le queda la aceptación, la respuesta y la aportación posterior.

La Iglesia, que ya desde los primeros siglos bautizó también a los niños, siempre entendió que los niños son bautizados en la fe de la misma Iglesia, proclamada por los padres y la comunidad local presente. Lo que la Iglesia pide a los padres y padrinos no es que comprometan al niño, sino que se comprometan ellos a educarlos en la fe que supone el Bautismo. En el Bautismo la Iglesia da un voto de confianza, hace nacer a la vida de Hijo de Dios, siembra una semilla, hace un injerto, pone un corazón nuevo, que tendrá que crecer, desarrollarse y latir por propia cuenta y bajo personal responsabilidad algún día. Con el Bautismo, la Iglesia nos sumerge en la corriente de salvación, como se puede recoger un recién nacido abandonado en la calle fría, para llevarlo a un hogar caliente, sin esperar a preguntar al niño, cuando sea mayor, si quería que se le hubiese salvado y ayudado, porque entonces sería demasiado tarde.

¿Por qué no dar a un niño, nacido en un hogar cristiano, la simiente de la vida cristiana? El cultivo de esa simiente de fe será necesario sobre todo, hasta que esa nueva vida llegue a la autocomprensión y autoresponsabilidad. La Iglesia, pues, bautiza a los niños con esperanza de futuro, contando con una comunidad cultivadora y garante de la fe cristiana.
Andrés Pardo

Palabra de Dios:

Isaías 42, 1-4. 6-7Sal 28, 1a y 2.3ac-4.3b y 9b-10
Hechos de los apóstoles 10,34-38san Mateo 3, 13-17
de la Palabra a la Vida
En unos pocos versículos, el evangelio de hoy contiene dos conversaciones: la primera se desarrolla entre Juan el Bautista y Jesús. “Está bien que se cumpla toda justicia”. Aquel que se ha abajado asumiendo una humanidad, tiene que sumergirse en las aguas para anunciar que “toda justicia” conlleva, misteriosamente, que el justo sea sumergido también en la muerte. Su abajamiento tiene que ser total, para que también la humanidad total sea redimida en esa muerte.

Pero no va a estar solo, ni va a realizar ese misterio de la muerte abandonado del Padre: el segundo diálogo es, en realidad, una declaración: “Mi Hijo amado”, que abre la puerta a una manifestación de la Santa Trinidad: el que unge, el Ungido y la unción. El Hijo amado es anticipado, en la primera lectura, en la historia, por “Mi siervo, a quien prefiero”.

El siervo volverá a ser el protagonista el domingo próximo, por eso podemos fijarnos hoy en qué supone el misterio del baño bautismal de Cristo en el Jordán. El Jordán, ese pequeño y pobre río de Israel, nada comparable al Tigris y al Eúfrates, al Nilo junto al que vivió el pueblo de la Alianza… ese pequeño río va a sepultar al Hijo de Dios. Toda la fuerza de la divinidad va a entrar en el agua para que se cumpla toda justicia. El Hijo de Dios va a ser sepultado a las afueras de Jerusalén después de una horrenda tortura, así anuncia su entrada en las aguas, pero también en el bautismo de Cristo encontramos el anuncio de cómo va a ser realizada la salvación de la humanidad. Lo creado, aunque débil y corruptible, va a contener la fuerza de la divinidad. Cristo entra en las aguas y les comunica un poder: “el poder de santificar”, nos dice la liturgia de la Iglesia. En el misterio del Bautismo de Jesús, Cristo deja un poder en la creación, para que la creación sea santificada y así volver a su creador. El Padre, que quiere recapitular todo en Cristo, dona el Espíritu a lo que Él ha creado, para que así se ponga en comunión con Cristo y vuelva al Padre.

El hombre contempla, entre espantado y admirado, a Cristo en el Jordán, porque allí ha dejado su vestido de gloria, de tal forma que todo el que entre en las aguas pueda recibir ese vestido que Cristo ha dejado allí. Y así, revestidos de gloria, poder entrar al banquete de bodas apropiadamente, sin miedo a ser expulsados de allí. El abajamiento de Cristo en las aguas lo prepara a Él para comenzar la misión del anuncio del Reino, y además deja al alcance del hombre la gracia que recibirá el que acepte participar y vivir en ese reino.

Por eso, “el Señor bendice a su pueblo con la paz”, que cantábamos en el Salmo: porque el Señor ha querido prolongar en nosotros su gloria, en el Cuerpo la santidad de la Cabeza, dar en herencia la bendición de su primogénito a todos sus hijos. Ahora, la voz del Señor aparece en verdad potente y magnífica. Si ya apareció con fuerza y poder sobre las aguas del Mar Rojo para obtener la liberación de un pueblo, pero la muerte de otro, ahora aparece magnífica, por encima del aguacero, para que todos los pueblos sean salvados por la muerte de su Hijo amado. Moisés e Israel contemplan, en el Bautista, con devoción, el misterioso plan de Dios, que grandiosamente ha preparado la salvación de los hombres aceptando el sacrificio, la entrega del Siervo de Dios.

Su inmersión en las aguas es mi salvación, pero se realiza en mi vida cuando yo acepto también sumergirme en la muerte de Cristo, cuando la vida me pide entrar en las aguas de la muerte a mí mismo: ahí obtengo un premio doble, porque ahí escucho al Padre reconocerme su hijo amado, y ahí recibo el don santificador, la vida eterna.
Diego Figueroa

al ritmo de las celebraciones 

De la oración litúrgica a la oración personal…
El Prefacio de la Virgen María de Caná
En verdad es justo darte gracias,
y deber nuestro glorificarte, Padre santo,
en esta celebración de la gloriosa Virgen María.
Ella, atenta con los nuevos esposos, rogó a su Hijo
y mandó a los sirvientes cumplir sus mandatos:
las tinajas de agua enrojecieron,
los comensales se alegraron,
y aquel banquete nupcial simbolizó el que Cristo ofrece a diario a su Iglesia.
Este signo maravilloso
anunció la llegada del tiempo mesiánico,
predijo la efusión del Espíritu de santidad,
y señaló de antemano la hora misteriosa
en la que Cristo se adornó a sí mismo con la púrpura de la pasión
y entregó su vida en la cruz por su esposa, la Iglesia.
Por él, los ángeles y los arcángeles te adoran eternamente,
gozosos en tu presencia.
Permítenos unirnos a sus voces cantando tu alabanza:
Santo, Santo, Santo…

domingo, 22 de mayo de 2016


22/05/2016 – Domingo de la 8ª semana de Tiempo Ordinario. La Santísima Trinidad

ESCRITO POR EL . POSTEADO EN LECTURAS DE MISA

PRIMERA LECTURA
Antes de que la tierra existiera, la Sabiduría fue engendrada
Lectura del libro de los Proverbios 8, 22-31
Esto dice la Sabiduría de Dios: «El Señor me creó al principio de sus tareas, al comienzo de sus obras antiquísimas. En un tiempo remoto fui formada, antes de que la tierra existiera. Antes de los abismos fui engendrada, antes de los manantiales de las aguas. Aún no estaban aplomados los montes, antes de las montañas fui engendrada. No había hecho aún la tierra y la hierba, ni los primeros terrones del orbe. Cuando colocaba los cielos, allí estaba yo; cuando trazaba la bóveda sobre la faz del abismo; cuando sujetaba el cielo en la altura, y fijaba las fuentes abismales; cuando ponía un límite al mar, cuyas aguas no traspasan su mandato; cuando asentaba los cimientos de la tierra, yo estaba junto a él, como arquitecto, y día tras día lo alegraba, todo el tiempo jugaba en su presencia: jugaba con la bola de la tierra, y mis delicias están con los hijos de los hombres».
Palabra de Dios.
Sal 8, 4-5. 6-7a. 7b-9.
R. Señor, dueño nuestro, ¡qué admirable es tu nombre en toda la tierra!
Cuando contemplo el cielo, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que has creado. ¿Qué es el hombre, para que te acuerdes de él, el ser humano, para mirar por él? R. Lo hiciste poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y dignidad, le diste el mando sobre las obras de tus manos. Todo lo sometiste bajo sus pies. R. Rebaños de ovejas y toros, y hasta las bestias del campo, las aves del cielo, los peces del mar, que trazan sendas por el mar. R.

SEGUNDA LECTURA
A Dios, por medio de Cristo, en el amor derramado por el Espíritu
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 5, 1-5
Hermanos: Habiendo sido justificados en virtud de la fe, estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo, por el cual hemos obtenido además por la fe el acceso a esta gracia, en la cual nos encontramos; y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios. Más aún, nos gloriamos incluso en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia, la paciencia, virtud probada, la virtud probada, esperanza, y la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado.
Palabra de Dios.
EVANGELIO
Lo que tiene el Padre es mío. El Espíritu recibirá y tomará de lo mío y os lo anunciará
Lectura del santo Evangelio según san Juan 16, 12-15
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: – «Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora; cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena. Pues no hablará por cuenta propia,sino que hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir. Él me glorificará, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso os he dicho que recibirá y tomará de lo mío y os lo anunciará»


de la Palabra a la Vida
El desarrollo de la historia de la salvación es el camino de Dios para comunicarse a sí mismo a la humanidad. Desde antes de los abismos, manantiales, de la tierra misma… Dios tenía un plan para darse a conocer y ofrecer su amor y divinidad. Su Sabiduría se ha ido manifestando y a la vez proponiendo a la creación, al hombre, culmen de la creación.

Desde lo más pequeño, en la sabiduría profunda del desarrollo de lo menos a lo más, del primer día de la creación al sexto, el hombre puede contemplar y descubrir la marca del Creador en las criaturas, la inteligencia y belleza de su plan, y entonces exclamar: “¡Que admirable es tu nombre en toda la tierra!”.

Por eso, en esta fiesta la Iglesia no celebra un misterio concreto de la vida de Cristo, sino el misterio de la Vida. Lo que Dios es, lo que Dios comunica, lo que es nuestro destino. Inabarcable para la mente humana, las lecturas de hoy sólo pueden ser acogidas como la Vida, como un don que se desvela en la medida que se acepta.

El evangelio según san Juan nos ofrece un breve pasaje de los discursos de despedida, en el que en una afirmación de Cristo encontramos a las tres personas divinas. He ahí la intención de la Iglesia, que advirtamos la comunión que se nos revela, en acción. El Padre es el que todo lo tiene, el que entrega todo por Cristo; en el evangelio de hoy el don que entregan es el Espíritu Santo, que realizará, en el corazón del hombre, el anuncio del misterio de Dios; será el revelador espirado por Dios para la que la humanidad pueda avanzar por la vida en la comunión con la Santa Trinidad.

Es la afirmación de san Pablo “el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu santo que se nos ha dado” la que contiene ese desenvolverse de la historia. Dios se da a los hombres, desde lo profundo de su ser a lo más profundo del nuestro, para que nuestro ser sea transformado e introducido en el de Dios. Porque ese es nuestro destino, ser en Dios. Por eso la esperanza no defrauda, porque la esperanza cristiana no es que pasen cosas que más o menos queremos o nos gustaría que fueran. El contenido de la esperanza cristiana es estar en Dios, una comunión perfecta. A través de las dificultades, las tribulaciones, que se suceden en nuestro día a día, se va perfeccionando esa comunión, en la medida en que entramos en cooperación con el Espíritu que Cristo promete y envía. Nuestra esperanza es entrar en el fuego de la Trinidad, pero para eso el Espíritu se encarga de transformarnos también en fuego, para vivir allí, para arder de amor sin consumirnos.
La Iglesia nos enseña en el Catecismo que la liturgia es una obra de la Santísima Trinidad: en ella, el Padre es fuente y destino de toda bendición, bendición que es el Hijo, mediador y sacerdote que celebra la liturgia obteniendo para la Iglesia, que se asocia a la celebración, la gracia, el don del Espíritu Santo. Descubrir en la liturgia que celebra la humanidad la huella del auténtico celebrante es aprender a hacer de la vida una liturgia en la que Dios deja su bella firma para ser descubierto.

Sirvámonos de la celebración de la Iglesia para entrar en el misterio de la Trinidad, para que el deseo de la comunión que en ella se nos ofrece sea cada día más vivo, más ardiente en nosotros, creados para contemplar lo creado y elevarnos a la Sabiduría del Creador.
Diego Figueroa

domingo, 15 de mayo de 2016


La fuerza del Espíritu Santo.

ESCRITO POR COMENTARISTA 10 EL . POSTEADO EN COMENTARIO A LAS LECTURAS
Pentecostés.
Las cinco decenas. Cincuenta días… Es la irrupción poderosa de lo divino en lo humano.
Para los judíos es la fiesta de las siete semanas,  una de las más grandes de su calendario, porque conmemora la entrega de la Ley a Moisés en el Sinaí, estando el pueblo de Dios reunido al pie del monte, como lo escuchamos ayer en la lectura del Éxodo en la vigilia vespertina. Pentecostés significa después de la Pascua el día en que el judío recuerda lo unido que está Dios con su pueblo porque le ha dado el regalo de su Ley inmortal. Según las profecías, no sólo los judíos sino todos los hombres han recibido la Verdad que puede guiar sus pasos y cambiar su vida para siempre. ¡Y realmente así ha sido! ¿Quién puede negar que los mandatos del Señor no han sido orientación segura para millones de personas de todos los tiempos?
Pentecostés.
Es la fuerza del Espíritu Santo que impulsa a los apóstoles a llevar el Evangelio a los confines del mundo.
Ayer el pueblo de Israel estaba reunido al pie del monte Sinaí. Hoy los apóstoles y María, como nos recuerda san Lucas en los Hechos, están reunidos dentro de la sala del cenáculo.  Ayer. la montaña se cubrió de la nube poderosa llena de relámpagos y truenos. Hoy la presencia potente de Dios se manifiesta con un viento recio y unas llamas de fuego se posan sobre cada miembro de la naciente Iglesia de Cristo. Ayer las tablas de la Ley se escribieron con el dedo de Dios sobre la piedra. Hoy la Ley Nueva de la Gracia penetra los corazones de los discípulos…
Ya no habrá fronteras, ni límites, ni barreras sociales,… El Amor divino todo lo puede alcanzar. Desde Pentecostés ya no habrá nación, raza, o cultura  que no conozca a Jesucristo y pueda llegar a decir: “Es el Señor”.  La Luz de Cristo se ha proyectado sobre cada rincón de la tierra.
Pentecostés.
¡Dios mío qué grande eres!
Así canta hoy el Salmo y todo se puede aplicar al Espíritu Santo en su grandeza. A la tercera persona divina, le hemos conocido con sus manifestaciones sencillas de viento, paloma o llamarada. Pero es la persona-Amor. Es la fuerza de toda vida, Señor de la Vida,… donador de toda vida. Capaz de repoblar la tierra, y sus obras de gracia en el mundo son incontables: cuántas personas han vivido llenas de caridad por los demás, cuántos están haciendo heroicidades por personas que no conocen, cuántos artistas han llenado y están llenando de belleza el mundo, cuántas melodías han sido compuestas para consolar los corazones heridos, cuántas palabras de verdad y justicia se están pronunciando en estos momentos, cuántas almas están enamorándose de Cristo, cuántos jóvenes están siendo llamados a una vocación religiosa, cuántos están abrazándose para siempre en matrimonio, cuántas congregaciones, asociaciones o movimientos se han creado en la historia de la Iglesia, cuántos vuelven a la fe o encuentran el perdón para su historia, cuántos son llevados a la vida eterna por su bautismo, cuántos están recibiendo la divinidad de Cristo en la Eucaristía,…  ¡Cuántos santos han llegado ya al Cielo! ¡Cuántos milagros silenciosos se realizan en todo el Universo! ¡Es Él! ¡Es Él! El Espíritu del Padre y del Hijo. ¡Dios mío qué grande eres!


Domingo de Pentecostés – Vigilia de Pentecostés – Termina el Tiempo Pascual – 15/05/2016

ESCRITO POR WEBMASTER EL . POSTEADO EN HOY DOMINGO
Comentario Pastoral
EL ESPÍRITU QUE DESCIENDE
Hoy termina la cincuentena pascual, el espacio festivo que celebra el misterio de nuestra salvación por medio de la muerte y glorificación de Jesucristo. En este día de la Cincuentena o Pentecostés, los judíos conmemoran la entrega de la ley en el Sinaí y los cristianos celebran la entrega de la nueva ley que no está escrita en piedra, sino en el corazón: la ley del amor que es obra del Espíritu.

Hoy el Espíritu de Dios llena el universo, santifica a la Iglesia, difunde sus dones, llena los corazones del fuego del amor y mueve hacia el conocimiento pleno de la verdad. 

¿Qué significa celebrar Pentecostés? Significa tomar conciencia de nuestra ciudadanía celeste, reconocer el valor de lo espiritual sin evasiones, profundizar en la vivencia pascual, descubrir el pluralismo en la unidad y alcanzar la convergencia en la fe. Pentecostés es la fiesta del aire nuevo, del viento impetuoso que viene de arriba para barrer, purificar y oxigenar nuestras estancias contaminadas y mortecinas. Pentecostés es día de fuego, de transmisión de calorías de fe y esperanza a nuestros corazones ateridos. Pentecostés es tiempo de comunicación con palabras auténticas de amor y de perdón, que superan el frío lenguaje institucionalizado.

La Iglesia comienza a andar en Pentecostés, que es día de catolicidad y por lo tanto de expansión misionera. Por la acción santificadora del Espíritu, la Iglesia es en el mundo la anti-Babel, pues en ella las diversas lenguas encuentran su unidad en la confesión del nombre del Señor.

Para los creyentes, el Espíritu es torrente de vida abundante, fuente de energía que capacita para imitar a Jesús, manantial de alegría eterna y origen de la paz verdadera que es fruto del perdón de los pecados. El cristiano necesita la sacudida de un constante Pentecostés, para no quedarse en una quietud cobarde y en una inactividad estéril.

Pidamos que el Espíritu descienda sobre nosotros para que seamos hombres con espíritu, con aliento de vida transcendente, con empuje creador. Supliquemos a Dios que su Espíritu sea para todos maestro, abogado defensor y revelador de la Palabra. Deseemos el Espíritu que es causa de plenitud para el mundo y origen de la nueva creación.

Terminemos la oración inspirándonos en la Secuencia:

“Ven, dulce huésped del alma, descanso de nuestro esfuerzo, tregua en el duro trabajo, brisa en las horas de fuego, gozo que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos”. Que el Espíritu Santo encienda en nuestros corazones la llama de su amor. Aleluya
Andrés Pardo

domingo, 8 de mayo de 2016

Ascensión del Señor


PRIMERA LECTURA
A la vista de ellos, fue levantado al cielo
Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 1, 1-11
En mi primer libro, Teófilo, escribí de todo lo que Jesús hizo y enseñó desde el comienzo hasta el día en que fue llevado al cielo, después de haber dado instrucciones a los apóstoles que había escogido, movido por el Espíritu Santo. Se les presentó él mismo después de su pasión, dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles del reino de Dios. Una vez que comían juntos, les ordenó que no se alejarán de Jerusalén, sino: «aguardad que se cumpla la promesa del Padre, de la que me habéis oído hablar, porque Juan bautizó con agua, pero vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo dentro de no muchos días». Los que se habían reunido, le preguntaron, diciendo: – «Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?». Les dijo: – «No os toca a vosotros conocer los tiempos o momentos que el Padre ha establecido con su propia autoridad; en cambio, recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que va a venir sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, y Samaria y “hasta el confín de la tierra”». Dicho esto, la la vista de ellos, fue elevado al cielo, hasta que una nube se lo quitó de la vista. Cuando miraban fijos al cielo, mientras él se iba marchando, se les presentaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron: – «Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que ha sido tomado de entre vosotros y llevado al cielo, volverá como lo habéis visto marcharse. al cielo».
Palabra de Dios.
Sal 46, 2-3. 6-7 8-9
R. Dios asciende entre aclamaciones; el Señor, al son de trompetas.
Pueblos todos batid palmas, aclamad a Dios con gritos de júbilo; porque el Señor altísimo es terrible, emperador de toda la tierra. R. Dios asciende entre aclamaciones; el Señor, al son de trompetas; tocad para Dios, tocad, tocad para nuestro Rey, tocad. R. Porque Dios es el rey del mundo; tocad con maestría. Dios reina sobre las naciones, Dios se sienta en su trono sagrado. R.
SEGUNDA LECTURA
Lo sentó a su derecha en el cielo
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 1, 17-23
Hermanos: El Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo, e ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos, y cuál la extraordinaria grandeza de su poder para nosotros, los creyentes, según la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo, por encima de todo principado, poder, fuerza y dominación, y por encima de todo nombre conocido, no sólo en este mundo, sino en el futuro. Y «todo lo puso bajo sus pies», y lo dio a la Iglesia como Cabeza, sobre todo. Ella es su cuerpo, plenitud del que llena todo en todos.
Palabra de Dios.
EVANGELIO
Mientras los bendecía, iba subiendo al cielo
Conclusión del santo Evangelio según san Lucas 24, 46-53
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: – «Así está escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se proclamará la conversión para el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto. Mirad, yo voy a enviar sobre vosotros la promesa de mi Padre; vosotros, por vuestra parte, quedaos en la ciudad hasta que os revistáis de la fuerza que vino de lo alto». Y los sacó hasta cerca de Betania y, levantando sus manos, los bendijo. Y mientras los bendecía, se separó de ellos, y fue llevado hacia el cielo. Ellos se postraron ante él y se volvieron a Jerusalén con gran alegría; y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios.
Palabra del Señor.



Domingo de la 7ª semana de Pascua – La Ascensión del Señor – 08/05/2016

ESCRITO POR WEBMASTER EL . POSTEADO EN HOY DOMINGO

de la Palabra a la Vida
El relato histórico de la Ascensión del Señor que hoy se proclama en la primera lectura, quiere, dice san Lucas, conectar su evangelio, la historia de Jesús, con este relato de Hechos, la historia del Espíritu Santo en su acción sobre la primera Iglesia. En él encontramos a Jesús dando instrucciones precisas a los suyos. Esas instrucciones hacen referencia a la ciudad de Jerusalén, pues allí debían aún permanecer en oración, y al don del Espíritu Santo, enviado sobre ellos en Pentecostés para comenzar la misión.

Así, el Espíritu será el que tome el relevo como guía de los Apóstoles del Señor, que permanecerá con ellos por la presencia del Paráclito. Lucas describe, entonces, la Ascensión misma, no de una forma triunfalista, sino anunciando, por medio de los ángeles, que el que se marchó volverá de nuevo en gloria y majestad. Los que quedan son testigos de esto, y tendrán que anunciar lo vivido junto al Señor. La ascensión, así, se vincula al misterio pascual de Cristo (muerte, resurrección y ascensión).

Ahora el Señor se sienta a la derecha del Padre, y desde allí ejerce su ministerio sacerdotal en bien de los hombres, porque, ¿qué supone la ascensión del Señor al cielo? No sube un fantasma, alguien misterioso: los apóstoles reconocen perfectamente en Él a Cristo, su Maestro, el Verbo encarnado. Ahora, en el cielo, en el seno de la Santa Trinidad, se encuentra, en su casa, una humanidad como la nuestra. Es el Verbo de Dios encarnado. El que bajó en la humildad de la carne, asciende glorificado al cielo: ¿un hombre en Dios? ¿Para siempre? Por eso dice san Pablo que necesitamos ser iluminados por Dios “para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos, y cuál la extraordinaria grandeza de su poder para nosotros”. Si nuestra cabeza está en el cielo, nosotros, su cuerpo, un día estaremos allí con Él. Esa es nuestra esperanza, nuestra herencia, que Cristo nos comunica.
Porque Cristo ha establecido una comunicación eterna: El hombre está en el cielo, el Espíritu Santo viene a los hombres, y esa comunicación nos salva. Lo humano en el cielo, lo divino en la tierra… ahora podemos acercarnos aún más al misterio de la Navidad: esto es lo que buscaba Dios. ¡Qué infinita sabiduría la suya! ¡Qué gran misterio de amor! Hasta dónde bajó el Hijo de Dios para llevarnos a su casa. Hoy es, sin duda, el día de las comunicaciones celestes, pero sobre todo el de aquella que se da cada día en la liturgia, en la que, por medio de Cristo en el cielo recibimos la gracia en la tierra. ¿Asistimos a la liturgia como a ese gran misterio de la comunicación de Dios? En la liturgia de la Iglesia continúa la acción de Dios, conmemoramos su Ascensión al cielo como el momento de la “creación” de un puente, por el que Dios da su gracia a los hombres, y estos subimos hasta Dios.

Así, el Espíritu que santificó a los apóstoles para que anunciaran el evangelio por el mundo, se nos da a nosotros hoy para que también salgamos a proclamar su evangelio hasta que venga glorioso desde el cielo.
Diego Figueroa


La Ascensión de Jesús a los cielos

ESCRITO POR COMENTARISTA 9 EL . POSTEADO EN COMENTARIO A LAS LECTURAS
La Ascensión se produce después de que Jesús, como indica san Lucas, se ha aparecido durante cuarenta días a sus apóstoles dándoles pruebas de que está vivo. Ese período ha sido como de instrucción para que la Iglesia, a partir del testimonio de los apóstoles, viva según Cristo resucitado. Acabado el aprendizaje, por así decirlo, Jesús sube al cielo. Personalmente es una de las fiestas que más me gusta, porque indica que no hemos de buscar al Señor aquí o allí, sino que está en su Iglesia. Acabada su misión, y a punto de enviar el Espíritu Santo, regresa con su humanidad al seno de la Trinidad. Ahora Jesús puede llegar a cada hombre con la Iglesia. De esa manera se cumple lo que Benedicto XVI decía: que Jesús es contemporáneo de cada uno de nosotros. La Ascensión va vinculada a la promesa del Espíritu Santo que indica una nueva forma de estar Jesús con nosotros.
Si los apóstoles vuelven contentos a Jerusalén, como indica el final del evangelio que escuchamos hoy, es porque experimentaron en la ascensión de Jesús la victoria definitiva y el modo como iba a permanecer para siempre con ellos. La verdad es que es muy bello contemplar esta verdad. Hay muchísimas cosas que nos la recuerdan, como los campanarios de las iglesias. Cuando uno se encuentra ante ellos instintivamente mira a lo alto. Jesús ha subido, pero nos llama a a la iglesia.
San Pablo, en la segunda lectura indica la nueva realidad que está en germen. Por eso dice: “Y todo lo puso bajo sus pies y lo dio a la Iglesia, como Cabeza, sobre todo. Ella es su cuerpo, plenitud del que lo acaba todo en todos”. Son palabras muy consoladoras. Cierto que Jesús sube al cielo. Eso es un hecho que no puede negarse y que forma parte de la fe de la Iglesia. Esta verdad es predicada desde el principio. Era algo que sucedió y que fue visto por los apóstoles. Pero también es verdad que se une de una forma más plena al hombre. Antes lo había hecho por la encarnación asumiendo nuestra misma condición humana, excepto en el pecado. Ahora se une al hombre en un solo cuerpo, que es la Iglesia. Es precioso.
Jesús sube el primero y, por decirlo de alguna manera, al introducir su humanidad junto a las demás divinas personas hace como de cuña para todos nosotros. Lo seguirá María Santísima y todos los redimidos. Por eso nos exhorta san Pablo: “Ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama”. Cuando pensemos en nuestro destino definitivo hemos de mirar al que primero subió al cielo. Lo hizo abriendo un camino y completando esa obra de ingeniería espiritual que une al cielo con la tierra. Así completa su obra de pontífice, constructor de puentes. ¡Y cuál es la naturaleza de ese puente? Su propia humanidad. Bajo a la tierra y tomó la condición de esclavo, como dice san Pablo. Y con esa humanidad construyó un paso inquebrantable hacia la vida eterna. Por eso es camino, verdad y vida.
No podemos prescindir de la humanidad de Jesús, ni de su Iglesia. La solemnidad de hoy nos lo recuerda. Jesús mismo une ambos hechos al encargar a sus apóstoles la predicación del evangelio y la misión de bautizar a sus apóstoles. Fiesta grande en el cielo y también aquí en la tierra.


Comentario Pastoral
LA ASCENSIÓN COMO ENVÍO 
Desde hace algunos años la tradicional solemnidad de la Ascensión, uno de los tres jueves clásicos que brillaban más que el sol, se celebra en este séptimo domingo de pascua por exigencias de ajuste del calendario litúrgico con el civil.

La Ascensión es un misterio de plenitud, pues culmina el misterio pascual. Hoy actualizamos y celebramos en la fe el estado glorioso de Jesús de Nazaret, sentado a la derecha del Padre en el cielo.

Celebrar la Ascensión del Señor no es quedarse estáticos contemplando el azul celeste o mirando las estrellas. No es vivir con los brazos cruzados pensando en la estratosfera y soñando evasiones fuera de la realidad. No es suspirar por un cielo nuevo y una tierra nueva, creyendo que en este mundo vivimos en una ausencia que engendra tristeza.

Todos necesitamos ascender, subir y superar nuestros niveles bajos de atonía humana y espiritual. Necesitamos perspectivas de altura para ver todo con más verdad y justa proporción. Es urgente ascender en la fe, en la esperanza y en el amor. Paradójicamente, ascendemos mejor cuando descendemos más, somos ciudadanos del cielo cuando en la tierra caminamos comprometidos en las exigencias del Evangelio. Cristo ha ascendido a los cielos porque antes descendió, obediente a la voluntad del Padre, hasta la verdad del desprecio, de la condena y de la muerte.

La Ascensión es sobre todo un envío y un compromiso en la Iglesia. Con realismo cristiano hay que vivir en el mundo transcendiendo todo, bautizando siempre, predicando el Evangelio en cualquier circunstancia, bendiciendo a todos y dando testimonio de cuanto hemos visto en la fe. Si levantamos los ojos para ver a Cristo que asciende, es para saber mirar a los hombres y reconocerlos como hermanos, y a la vez acrecentar nuestro deseo del cielo.

Por eso, oramos con el Prefacio de esta solemnidad: “Jesús, el Señor, el rey de la gloria, vencedor del pecado, de la muerte, ha ascendido ante el asombro de los ángeles a lo más alto del cielo, como mediador entre Dios y los hombres , como juez de vivos y muertos. No se ha ido para desentenderse de este mundo, sino que ha querido precedernos como cabeza nuestra para que nosotros, miembros de su Cuerpo, vivamos con la ardiente esperanza de seguirlo en su reino”.
Andrés Pardo