domingo, 20 de agosto de 2017

20/08/2017 – Domingo de la 20ª semana de Tiempo Ordinario.

ESCRITO POR EL . POSTEADO EN LECTURAS DE MISA
PRIMERA LECTURA
A los extranjeros los traeré a mi monte santo
Lectura del libro de Isaías 56, 1. 6-7
Esto dice el Señor:
«Observad el derecho, practicad la justicia, porque mi salvación está por llegar, y mi justicia se va a manifestar.
A los extranjeros que se han unido al Señor para servirlo, para amar el nombre del Señor y ser sus servidores, que observen el sábado sin profanarlo y mantienen mi alianza, los traeré a mi monte santo, los llenaré de júbilo en mi casa de oración; sus holocaustos y sacrificios serán aceptables sobre mi altar; porque mi casa es casa de oración, y así la llamarán todos los pueblos».
Palabra de Dios.
Sal 66, 2-3. 5. 6 y 8
R. Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben.
El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación. R.
Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
y gobiernas las naciones de la tierra. R.
Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
Que Dios nos bendiga; que le teman
todos los confines de la tierra. R.
SEGUNDA LECTURA
Los dones y la llamada de Dios son irrevocables para Israel
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 11, 13-15. 29-32
Hermanos:
A vosotros, gentiles os digo: siendo como soy apóstol de los gentiles haré honor a mi ministerio, por ver si doy celos a los de mi raza y salvo a alguno de ellos.
Pues si su rechazo es reconciliación del mundo, ¿qué no será su reintegración sino volver desde la muerte a la vida?
Pues los dones y la llamada de Dios son irrevocables.
En efecto, así como vosotros, en otro tiempo, desobedecisteis a Dios; pero ahora habéis obtenido misericordia por la desobediencia de ellos, así también estos han desobedecido ahora con ocasión de la misericordia que se os ha otorgado a vosotros, para que también ellos alcancen ahora misericordia.
Pues Dios nos encerró a todos en desobediencia, para tener misericordia de todos.
Palabra de Dios.
EVANGELIO
Mujer, qué grande es tu fe
Lectura del santo Evangelio según san Mateo 15, 21-28
En aquel tiempo, Jesús salió y se retiró a la región de Tiro y Sidón.
Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle:
«Ten compasión de mi, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo».
Él no le respondió nada. Entonces los discípulos se le acercaron a decirle
«Atiéndela, que viene detrás gritando».
Él les contestó:
«Sólo he sido enviado a las ovejas descarriadas de Israel».
Ella se acercó y se postró ante él diciendo:
«Señor, ayúdame».
Él le contestó:
«No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos».
Pero ella repuso:
«Tienes razón, Señor; pero también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de los amos».
Jesús le respondió:
«Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas».
En aquel momento quedó curada su hija.
Palabra del Señor.

Domingo de la 20ª semana de Tiempo Ordinario. – 20/08/2017

ESCRITO POR WEBMASTER EL . POSTEADO EN HOY DOMINGO

Comentario Pastoral
FE Y DIÁLOGO
Después de leer el evangelio de la mujer cananea y escuchar la alabanza de Jesús “Mujer ¡qué grande es tu fe!”, todos sentimos una interpelante llamada a examinar el nivel, compromiso y vivencia de nuestra fe cristiana. Porque la mujer cananca, pagana, al pedir la curación de su hija, se convierte en ejemplo y modelo de confianza en el Señor.

A todos conmueve la profundidad y constancia de la cananea, que manifiesta una creciente actitud y testimonio de fe en Jesús; primero le reconoce como Señor e Hijo de David, después le suplica compasión y pide socorro, para finalmente mendigar ser aceptada en “la casa del amo” corno un perrito que come las migajas que caen de la mesa.

Al conceder Jesús la curación de la hija de la mujer pagana, so afirma el gran principio revolucionario de que la salvación va no es resultado de la simple pertenencia a la raza de Abrahán, sino la capacidad ¿e creer en Jesús como el Señor. Viendo este comportamiento de Cristo y apoyados en él, los apóstoles se lanzan a la conquista del mundo pagano, dando la primacía de la salvación a la fe, como adhesión a Cristo, Palabra de salvación que Dios ha dicho en favor de todos los hombres.

Junto al tema de la fe, en este domingo sobresale el tema del diálogo con otras religiones. El mensaje cristiano es amor y respeto a todo hombre, no es elitista ni racista, está abierto a todos los valores de la humanidad, evitando los escollos del rigorismo integrista y del sincretismo indiferente.

El diálogo que provoca el mensaje cristiano supone paciencia y espera, reconociendo que los tiempos y los caminos de Dios a veces no son coincidentes con nosotros y nuestras impaciencias. Y es búsqueda amorosa y constante signo de humildad y de apertura interior, que permite reconocer a los otros como compañeros de viaje, si no es posible que sean compañeros de habitación.
Andrés Pardo


Palabra de Dios:

Isaías 56, 1. 6-7Sal 66, 2-3. 5. 6 y 8
san Pablo a los Romanos 11, 13-15. 29-32san Mateo 15, 21-28

de la Palabra a la Vida
Al igual que el domingo pasado, en el que Pedro se atrevía a intentar caminar sobre las olas, también un evangelio tan diferente como es el de hoy es una invitación aprender a vivir en el misterio de Dios. Todo sucede a la luz de un diálogo amargo, extraño, entre Jesús y una mujer cananea que aparece a importunarle mientras recorre Tiro y Sidón. En ese diálogo resuenan las palabras de la primera lectura, de la profecía: “A los extranjeros los traeré a mi monte santo…” ahora el monte es el Señor, que atrae a la mujer extranjera sin necesidad de estar en Jerusalén. La encarnación del Verbo conlleva que el Señor a todos los ha hecho algo suyo, y ahora no son sólo los sacrificios y las ofrendas de Israel las que se elevan hasta Dios, sino todas aquellas que son presentadas con verdadera fe en el Hijo de Dios, el Verbo encarnado.

En la mujer extranjera y su diálogo con Jesús se desvela el plan de Dios, plan misterioso; y es que el deseo de Jesús sucede misteriosamente: su deseo de que se realice esa llamada a los de todos los pueblos que está profetizada en la encarnación se va a realizar a través de sus aparentes negativas, de su actitud esquiva. La reacción de Jesús a la petición de la mujer parece contradictoria: ¿no quiere cumplir la profecía? ¿no ha venido a revelar la salvación a todos? ¿a qué espera para aprovechar la situación con esta mujer cananea? En realidad, solamente quien persevera junto a Jesús en actitud de confianza, de reconocimiento de que “realmente es el Hijo de Dios”, que decía Pedro el domingo pasado, puede descubrir la intención profunda de Dios, su misterio de salvación. Jesús no quiere negar la salvación a nadie, pero su ofrenda de salvación sigue caminos misteriosos, incluso de aparente negación de la voluntad de Dios. ¿Cómo hacer cuando a la primera la respuesta es negativa? La mujer permanece en el misterio, reconociendo la divinidad del Señor, madurando en el corazón la acogida del don de salvación. El diálogo con Él va a ratificar su voluntad de que todos los pueblos alaben al Señor. También Tiro y Sidón van a contemplar el poder de Dios, también los cananeos van a beneficiarse del poder de Dios. Si estos pueblos también reciben “de la mesa del Señor”, si las migajas son para todos, no sólo para un pueblo sino para todos, nos encontramos entonces ante las primicias de la salvación para todos. “Algunos” ya han comenzado a recibir salvación: es el principio de “todos”. Por eso, sentarse a la mesa del Señor, recibir de su salvación, es ser “signo” de su voluntad de salvación de todos.

Así pues, cuando el Señor nos da de su alimento, nos convierte en un signo, pues nuestra comunión con Él, nuestra participación en la eucaristía y en los sacramentos, les dice a los otros a lo que están llamados: si yo comulgo, entonces tú estás llamado a comulgar también. Pero ese deseo de Dios se hace misteriosamente, como misterio de negación aparente, como Jesús con la mujer del evangelio de hoy: en la perseverancia se desvela su amor misericordioso, no su amor caprichoso, no su amor voluble, sino un amor fiel, que sabe lo que nos conviene y cómo nos conviene pedirlo y lucharlo. La liturgia de la Iglesia nos hace signo, signo que anima a otros a acercarse al Señor, igual que aquellos discípulos animaron a la mujer cananea a intentar acercarse y obtener la curación de su hija.

¿Me veo signo para los demás? ¿Explico a los que me ven lo que significo, que no es por mérito mío, sino por voluntad de Dios expresada en los profetas? Cuando en mí se cumple la profecía, en otros aparece el signo que yo soy, que es la Iglesia. La perseverancia y la fe son la que abren la puerta a no desanimarnos, sino a vivir en el misterio, donde todo tiene su momento, pero todo nos conduce a salvación.
Diego Figueroa

domingo, 13 de agosto de 2017

13/08/2017 – Domingo de la 19ª semana de Tiempo Ordinario.

ESCRITO POR EL . POSTEADO EN LECTURAS DE MISA
PRIMERA LECTURA
Permanece en pie en el monte ante el Señor
Lectura del primer libro de los Reyes 19, 9a. 11-13a
En aquellos días, cuando Elías llegó hasta el Horeb, el monte de Dios, se introdujo en la cueva y pasó la noche. Le llegó la palabra del Señor, que le dijo:
«Sal y permanece de pie en el monte ante el Señor».
Entonces pasó el Señor y hubo un huracán tan violento que hendía las montañas y quebraba las rocas ante del Señor, aunque en el huracán no estaba el Señor. Después del huracán, un terremoto, pero en el terremoto no estaba el Señor. Después del terremoto fuego, pero en el fuego tampoco estaba el Señor.
Después del fuego, el susurro de una brisa suave. Al oírlo Elías, cubrió su rostro con el manto, salió y se mantuvo en pie a la entrada de la cueva.
Palabra de Dios.
Sal 84, 9ab-10. 11-12. 13-14
R. Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación
Voy a escuchar lo que dice el Señor:
«Dios anuncia la paz
a su pueblo y a sus amigos».
La salvación está cerca de los que lo temen,
y la gloria habitará en nuestra tierra. R.
La misericordia y la fidelidad se encuentran,
la justicia y la paz se besan;
la fidelidad brota de la tierra,
y la justicia mira desde el cielo. R.
El Señor nos dará la lluvia,
y nuestra tierra dará su fruto.
La justicia marchará ante él,
y sus pasos señalarán el camino. R.
SEGUNDA LECTURA
Desearía ser un proscrito por el bien de mis hermanos
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 9, 1-5
Hermanos:
Digo la verdad en Cristo, no miento – mi conciencia me atestigua que es así, en el Espíritu Santo – : siento una gran tristeza y un dolor incesante en mi corazón; pues desearía ser yo mismo un proscrito, alejado de Cristo, por el bien de mis hermanos, los de mi raza según la carne: ellos son israelitas y a ellos pertenecen el don de la filiación adoptiva, la gloria, las alianzas, el don de la ley, el culto y las promesas; suyos son los patriarcas y de ellos procede el Cristo, según la carne; el cual está por encima de todo, Dios bendito por los siglos. Amén.
Palabra de Dios.
EVANGELIO
Mándame ir a ti sobre el agua
Lectura del santo Evangelio según san Mateo 14, 22-33
Después de que la gente se hubo saciado, Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente.
Y, después de despedir a la gente, subió al monte a solas para orar. Llegada la noche, estaba allí solo.
Mientras tanto, la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario. A la cuarta vela de la noche se les acercó Jesús andando sobre el agua. Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, diciendo que era un fantasma.
Jesús les dijo en seguida:
«¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!».
Pedro le contestó:
«Señor, si eres tú, mándame ir a ti andando sobre el agua».
Él le dijo:
«Ven».
Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua acercándose a Jesús; pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó:
«Señor, sálvame».
Enseguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo:
«¡Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado?».
En cuanto subieron a la barca, amainó el viento.
Los de la barca se postraron ante él, diciendo:
«Realmente eres Hijo de Dios».
Palabra del Señor.

Domingo de la 19ª semana de Tiempo Ordinario. – 13/08/2017

ESCRITO POR WEBMASTER EL . POSTEADO EN HOY DOMINGO
Comentario Pastoral
LAS TEOFANÍAS DE DIOS
E1 profeta Elías sube al monte Horeb, el monte de Dios, repitiendo el itinerario y el gesto de Moisés en el Sinaí. A Moisés le habló Dios en el Siriaí entre truenos y temblor. A Elías le habla ya no desde el viento huracanado, sino en leve susurro, a modo de la suave brisa que le hacía presente en el paraíso. Elías se cubre el rostro porque ningún hombre puede ver a Dios y seguir vivo, pero experimenta la dulce presencia del Señor.

Aguardar al Señor en el monte o en la llanura, saber esperarle con paciencia sin que el ánimo decaiga, tener fe en el Señor que va a pasar y se nos va a hacer cercano y presente es importante para vivir en cristiano.

El Señor quiere que sepamos embarcamos en la vida, que avancemos hacia la otra orilla, que lo precedamos, que sepamos aguantar las tormentas del desconcierto, los vaivenes de la tentación, el naufragio de la fe, las olas de la desconfianza. Porque no estamos solos. Porque viene a nuestro encuentro.

La narración materna del evangelio de este domingo tiene el transfondo de las apariciones pascuales; “Ánimo, soy yo, no tengáis miedo”. La ayuda misericordiosa y la presencia de Cristo resucitado son indispensables para salvar a la Iglesia, siempre que viva un momento o circunstancia de crisis. La mano que extiende Jesús a Pedro no sólo es su salvación, sino la nuestra.

El camino del creyente puede ser muchas veces un camino inestable, camino sobre el mar del mal. ¡Cuántas veces nos hundimos! El miedo es compañero de viaje, porque dudamos, porque tenemos poca fe.

A Dios le encontramos y le conocemos en la calma, en la tranquilidad, en la paz, en la dulce simplicidad.
Andrés Pardo

Palabra de Dios:

Reyes 19, 9a. 11-13aSal 84, 9ab-10. 11-12. 13-14
san Pablo a los Romanos 9, 1-5san Mateo 14, 22-33

de la Palabra a la Vida
El pasaje de Elías de la primera lectura, siempre sugerente, siempre reconfortante, nos introduce en una pregunta misteriosa: ¿es que Dios puede hacerse presente en una suave brisa? El evangelio responde a esa pregunta: Claro, igual que puede hacerse presente en medio de la fuerza del oleaje, de la inestabilidad del mar. Tanto en la brisa como en las olas, el corazón creyente está capacitado para aceptar: “realmente, eres el Hijo de Dios”. Sí, no es solamente que Dios pase por nuestra vida, es que lo hace para cuidarnos, en la brisa y en La tempestad. Nosotros vivimos acostumbrados a una búsqueda de Dios generosa y valiente, pero calculada: “Si eres Tú, mándame ir a tí…”. Pero el cristiano tiene que descubrir que su fuerza no es suya, que es del Señor. Por eso, la Iglesia nos hace repetir con el Salmo: “Muéstranos, Señor, tu misericordia”, porque es tu misericordia, tu consuelo, tu presencia constante la que nos tiene que introducir en una forma diferente de vivir la vida: la vida es el marco oportuno y adecuado para que se haga presente el misterio de la cercanía y la presencia de Dios. No es que en la vida sucedan cosas, es que la vida es para que sucedan cosas. Y estas no son elegidas por nosotros, no son calculadas en función de nuestro atrevimiento o de nuestra timidez, sino que forman parte de una voluntad misteriosa de Dios que estamos llamados a acoger.

Las lecturas de hoy, por tanto, nos invitan a entrar en el misterio de la voluntad de Dios sin plazos, sin prisas, sin nuestros prejuicios o medidas, sino confiados en la misericordia de Dios: Pedro, que aprendió a echar las redes fiado no en su cálculo sino en la palabra del Señor, tiene que seguir avanzando por ese camino de amor fecundo de Cristo, basado en la confianza en el que tiene poder sobre los elementos de la naturaleza. Sí, reconocer que Cristo es todopoderoso, que el poder último no está en las fuerzas de la naturaleza sino en la fuerza de Cristo, que no vivimos a merced de los elementos sino bajo el manto misericordioso de Dios, es consolador. Y es un estilo de vida propio. Dios puede mostrarse en la brisa o en el oleaje, pero en cualquiera de esas circunstancias, “salud o enfermedad, honor o deshonor”, su presencia nos agarra del brazo para que no nos hundamos sino que experimentemos su cuidado. Esta forma de pasar que tiene el Señor, estos cuidados suyos, se aprenden desde la experiencia de la liturgia. En ella Cristo se acerca a nosotros en el silencio y en la discreción de humildes gestos, pero también en lo solemne y grandioso. No solamente lo hace de una forma, sino de una y de la contraria, para que no pensemos que lo dominamos, que ya sabemos por dónde va a venir, para que no lo tratemos de forma calculadora, sino creyente. Esto es una actitud propia de Jesucristo: es león y es cordero, es rey y es siervo. Y es así para que no olvidemos que, de suyo propio, Él está fuera de nuestro alcance. Pero se acerca, en la brisa y la tempestad, y sólo espera una fe dispuesta a recibir al Señor como venga, como hace Elías, que espera en la tempestad y espera en la brisa.

¿Quiénes somos nosotros, acaso, para decirle a Dios cómo y cuándo? Marcarle el camino es, como en el caso de Pedro, dudar: “¿Por qué has dudado?” tantas veces en la celebración de la Iglesia participamos creyendo saber ya de antemano lo que Dios nos tiene que decir y de qué manera tiene que aparecer, bajo qué signo, con qué palabras… Un corazón valiente es el que espera siempre, y no le marca un camino a Dios, sino que lo espera en su venida. Pedro es cabeza de la Iglesia también en su impulsividad generosa, decidida, necesitada de aprender. La liturgia nos dice: no busques a Cristo donde lo quieres, deja que su misericordia te enseñe dónde es donde más lo necesitas encontrar. Ten la paciencia suficiente para no perderlo con tu cálculo… Y el Señor te dará su misterioso conocimiento, su perfecta comunión.
Diego Figueroa

domingo, 6 de agosto de 2017

06/08/2017 – Domingo de la 18ª semana de Tiempo Ordinario. La Transfiguración del Señor

ESCRITO POR EL . POSTEADO EN LECTURAS DE MISA
PRIMERA LECTURA
Su vestido era blanco como nieve
Lectura de la profecía de Daniel 7, 9-10. 13-14
Miré y vi que colocaban unos tronos. Un anciano se sentó. Su vestido era blanco como nieve, su cabellera como lana limpísima; su trono, llamas de fuego; sus ruedas, llamaradas; un río impetuoso de fuego brotaba y corría ante él. Miles y miles lo servían, millones estaban a sus órdenes. Comenzó la sesión y se abrieron los libros.
Seguí mirando. Y en mi visión nocturna vi venir una especie de hijo de hombre entre las nubes del cielo.
Avanzó hacia el anciano y llegó hasta su presencia.
A él se le dio poder, honor y reino.
Y todos los pueblos, naciones y lenguas lo sirvieron.
Su es un poder eterno, no cesará.
Su reino no acabará.
Palabra de Dios.
Sal 96, 1-2. 5-6. 9 
R. El Señor reina, altísimo sobre toda la tierra.
El Señor reina, la tierra goza,
se alegran las islas innumerables.
Tiniebla y nube lo rodean,
justicia y derecho sostienen su trono. R.
Los montes se derriten como cera ante el Señor,
ante el Señor de toda la tierra;
los cielos pregonan su justicia,
y todos los pueblos contemplan su gloria. R.
Porque tú eres, Señor,
Altísimo sobre toda la tierra,
encumbrado sobre todos los dioses. R.
SEGUNDA LECTURA
Esta voz del cielo es la que oímos 
Lectura de la segunda carta del apóstol san Pedro 2 Pe 1, 16-19
Queridos hermanos:
No nos fundábamos en fábulas fantasiosas cuando os dimos a conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo, sino en que habíamos sido testigos oculares de su grandeza.
Porque él recibió de Dios Padre honor y gloria cuando desde la sublime Gloria se le transmitió aquella voz:
«Este es mi Hijo amado, en quien me he complacido».
Y esta misma voz, transmitida desde el cielo, es la que nosotros oímos estando con él en la montaña sagrada.
Así tenemos más confirmada la palabra profética y hacéis muy bien en prestarle atención como una lámpara que brilla en un lugar oscuro hasta que despunte el día y el lucero amanezca en vuestros corazones.
Palabra de Dios.
EVANGELIO
Su rostro resplandecía como el sol
Lectura del santo Evangelio según san Mateo 17, 1-9
En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y subió con ellos aparte a un monte alto.
Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz.
De repente se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él.
Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús:
«Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías».
Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra, y una voz desde la nube decía:
«Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo».
Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto.
Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo:
«Levantaos, no temáis».
Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo.
Cuando bajaban del monte, Jesús les mandó:
«No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos».
Palabra del Señor.

Domingo de la 18ª semana de Tiempo Ordinario. La Transfiguración del Señor – 06/08/2017

ESCRITO POR WEBMASTER EL . POSTEADO EN HOY DOMINGO

Comentario Pastoral
TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR
Esta fiesta invita a una grandiosa contemplación de Cristo. Como en el ábside de las iglesias bizantinas, brilla la figura del Cristo Pantocrator, es decir, Señor del tiempo y del espacio. La Transfiguración, junto con el bautismo y la crucifixión, es uno de los puntos decisivos de interpretación del misterio de Jesús de Nazaret.

Pero la Transfiguración no sólo revela el misterio de Jesús, sino que desvela también el destino y el misterio del cristiano, destino de comunión con Dios. Ser cristiano no es ser simplemente hombre religioso, sino testimonio de Cristo y de su amor por medio de una genuina experiencia de fe.

La Transfiguración es una anticipación pascual del misterio del Hijo predilecto del Padre. Tiene lugar a mitad de su itinerario terreno en medio de nosotros y debe movernos a una constante transfiguración de nuestra vida cristiana, en medio de la simplicidad de las cosascotidianas.

La Transfiguración no sólo está proyectada sobre la futura Pascua, sino también sobre el pasado salvífico, sobre Moisés y Elías, sobre la Ley y los Profetas, sobre el Sinaí y Sión. Toda la Escritura resuena como Palabra de Dios en la Transfiguración, que es iluminación de la Biblia entera.

Todos los símbolos del relato de la Transfiguración nos ayudan a entrar y profundizar el misterio que se revela.

La montaña alta evoca la gran aparición sinaítica, raíz de la alianza entre Dios y el pueblo. Para ver a Dios hay que dejar las mediocridades de las hondonadas de una vida espiritual mediocre.

La luz y el resplandor del rostro de los vestidos de Jesús son una explícita referencia a la gloria del Señor, a su presencia luminosa y trascendente.

La voz divina que define a Jesús como “Hijo amado y predilecto” es una invitación a la escucha de su palabra, a la comprensión del evangelio como alimento de la fe.

En la celebración de la Transfiguración los cristianos, peregrinos en la tierra, vislumbramos a la luz y en la fidelidad a la Palabra, nuestro destino glorioso
Andrés Pardo

Palabra de Dios:

Daniel 7, 9-10. 13-14Sal 96, 1-2. 5-6. 9
San Pedro 1, 16-19San Mateo 17, 1-9
de la Palabra a la Vida
La reflexión acerca de las parábolas de estos evangelios dominicales se ve interrumpida por la festividad que hoy celebra la Iglesia, la Transfiguración del Señor.

Misterio luminoso de la vida del Señor, que permite a tres privilegiados discípulos contemplar su gloria, su luz, la pureza de su divinidad y la fuerza de su santidad, que van a quedar velados por la cercanía de la Pasión, por el sufrimiento y muerte. Dentro del camino de seguimiento de Cristo, la revelación de su gloria debe ir siempre unida a la revelación de su abajamiento. Por eso, cuando Cristo muestra hoy toda su luz se sirve para ello de su profunda humildad. La humildad, lejos de velar el poder de Dios, lo transparenta. Así sucede en el monte Tabor, pero así sucederá también en el monte Calvario.

De esta forma Cristo aparece ante los discípulos como el que cumple lo que estaba escrito: lo de Daniel en el Antiguo Testamento fue una visión, creía algo que aún no estaba, que tenía que suceder, pero los discípulos contemplan con sus propios ojos la realidad, a su Maestro como esa “especie de hombre entre las nubes del cielo. Avanzó hacia el anciano venerable y llegó hasta su presencia. A él le dio poder, honor y reino”. Que los discípulos tuvieron que aprender de aquello, que no comprendieron lo vivido hasta más tarde, lo testimonia hoy la segunda lectura: “no nos fundábamos en fábulas fantásticas, sino que habíamos sido testigos oculares de su grandeza”.

Sin embargo, el plan de salvación de Dios contempla que los testigos reciban la gloria que han observado. El plan divino no sólo muestra lo que Cristo es, sino también lo que la Iglesia tiene que ir siendo. No cabe pensar en una transfiguración por parte de la Cabeza que no conlleve también una transfiguración del Cuerpo. No cabe. Por lo tanto, el misterio del Tabor es también misterio para la Iglesia, que por su comunión con Cristo recibirá también la comunicación de la gloria.

¿Qué nos hace esa gloria? Sí, esa gloria hace algo, no es un adorno, es la divinidad, y eso significa que tiene el poder de transformarnos.

¿Cómo lo hará? Lo hará en la celebración de la Iglesia, en la liturgia: en ella, la transformación
del Cuerpo ha comenzado ya por obra de la gracia que se derrama, que baja de la Cabeza al Cuerpo. El Tabor no es un misterio al margen de la vida de la Iglesia: es el reflejo en el que mirarnos para saber lo que nos sucede cuando nos mostramos dispuestos a acoger la voluntad de Dios, voluntad que tiene un camino de cruz y resurrección.

Así, no es difícil asumir que con la gloria del Tabor, de la liturgia, confirmados por la Escritura, por la ley y los profetas, se baja a Jerusalén a entregar la vida, entrega en la que “no luce” la gloria, pero salva. ¿Aceptamos el misterio de la gloria como precedido de la pasión? A diario, los cristianos seguimos luchando por evitar la cruz, a pesar de que esta es la llave que abre la puerta de la felicidad: ¿Entramos en los sacramentos para que suceda todo este misterio en nosotros? ¿Comprendemos cual es el camino que Jesús ofrece a sus discípulos?

Las tres tiendas que Pedro quiere poner, anuncio de la venida final del Mesías, significan quedarse en el camino, no querer avanzar. ¿Cómo busco progresar en mi camino de fe, no por donde yo deseo sino por donde Cristo va iluminando? Providencialmente, en mitad del verano, la Iglesia nos recuerda con esta fiesta de hoy qué va sucediendo y cómo en nuestro seguimiento de Cristo: la transfiguración de todo, camino de la gloria del Padre, ha comenzado ya, y se da en Cristo, en los santos, en la eucaristía… la dinámica es imparable, entremos en ella.
Diego Figueroa

domingo, 30 de julio de 2017

30/07/2017 – Domingo de la 17ª semana de Tiempo Ordinario

ESCRITO POR EL . POSTEADO EN LECTURAS DE MISA
PRIMERA LECTURA
Pediste para ti inteligencia
Lectura del primer libro de los Reyes 3, 5. 7-12
En aquellos días, el Señor se apareció de noche en sueños a Salomón y le dijo:
«Pídeme lo que deseas que te dé».
Salomón respondió:
«Señor mi Dios: Tú has hecho rey a tu siervo en lugar de David, mi padre, pero yo soy un muchacho joven y no sé por donde empezar o terminar. Tu siervo está en medio de tu pueblo, el que tú te elegiste, un pueblo tan numeroso que no se puede contar ni calcular. Concede, pues, a tu siervo, un corazón atento para juzgar a tu pueblo y discernir entre el bien y el mal. Pues, cierto, ¿quién podrá hacer justicia a este pueblo tuyo tan inmenso?».
Agradó al Señor esta súplica de Salomón.
Entonces le dijo Dios:
«Por haberme pedido esto y no una vida larga o riquezas para ti, por no haberme pedido la vida de tus enemigos sino inteligencia para atender a la justicia, yo obraré según tu palabra:: te concedo, pues, un corazón sabio e inteligente, como no lo ha habido antes de ti ni surgiera otro igual después de ti».
Palabra de Dios.
Sal 118, 57 y 72. 76-77. 127-128. 129-130
R. ¡Cuánto amo tu ley, Señor!
Mi porción es el Señor;
he resuelto guardar tus palabras.
Más estimo yo los preceptos de tu boca
que miles de monedas de oro y plata. R.
Que tu bondad me consuele,
según la promesa hecha a tu siervo;
cuando me alcance tu compasión, viviré,
y tu ley será mi delicia. R.
Yo amo tus mandatos
más que el oro purísimo;
por eso aprecio tus decretos
y detesto el camino de la mentira. R.
Tus preceptos son admirables,
por eso los guarda mi alma;
la explicación de tus palabras ilumina,
da inteligencia a los ignorantes. R.
SEGUNDA LECTURA
Nos predestinó a reproducir la imagen de su Hijo
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 8, 28-30
Hermanos:
Sabemos que a los que aman a Dios todo les sirve para el bien: a los cuales ha llamado conforme a su designio.
Porque a los que había conocido de antemano los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que él fuera el primogénito entre muchos hermanos.
Y a los que predestinó, los llamó; a los que llamó, los justificó; a los que justificó, los glorificó.
Palabra de Dios.
EVANGELIO
Vende todo lo que tiene y compra el campo
Lectura del santo Evangelio según san Mateo 13, 44-52
En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente:
«El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo.
El reino de los cielos se parece también a un comerciante de perlas finas, que al encontrar una de gran valor, se va a vender todo lo que tiene y la compra.
El reino de los cielos se parece también a la red que echan en el mar y recoge toda clase de peces: cuando está llena, la arrastran a la orilla, se sientan, y reúnen los buenos en cestos y los malos los tiran.
Lo mismo sucederá al final del tiempo: saldrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los echarán al horno encendido. Allí será el llanto y el rechinar de dientes.
¿Habéis entendido todo esto?»
Ellos le contestaron:
«Sí».
Él les dijo:
«Pues bien, un escriba que ese ha hecho discípulo del reino de los cielos es como un padre de familia que va sacando de su tesoro lo nuevo y lo antiguo».
Palabra del Señor.

Domingo de la 17ª semana de Tiempo Ordinario – 30/07/2017

ESCRITO POR WEBMASTER EL . POSTEADO EN HOY DOMINGO

Comentario Pastoral
SABIOS PARA LO ESENCIAL
Alcanzar la verdadera sabiduría ha sido y es un empeño constante del hombre gobernante y del creyente auténtico. Salomón es prototipo perfecto de hombre sabio y de monarca que al comienzo de su reinado pidió a Dios el discernimiento para escuchar y gobernar. La fama de Salomón cundió de tal modo que todos deseaban aproximarse a él para comprobar la sabiduría que Dios había puesto en su corazón, dándole autoridad en temas sociales, en problemas políticos y en el vasto campo filosófico y teológico.

La sabiduría es discernimiento en el juicio, distinción clara entre lo bueno y lo malo. En un mundo como el de hoy, con tantas confusiones ideológicas y oscuridad de criterios, se hace urgente y casi imprescindible alcanzar la recta sabiduría, superadora de necesidades fáciles que desembocan en una vida sin esfuerzo. La sabiduría que proviene del Espíritu que nos ha dado y que es fruto de las enseñanzas del evangelio, vuelve dócil e inteligente al corazón. Así el creyente alcanza madurez humana y talla espiritual, libertad de decisión e inteligencia crítica para descubrir los valores caducos.

Las dos primeras mini-parábolas del evangelio sobre el tesoro escondido y la perla del gran valor hacen referencia a lo que en la opinión popular se considera como más deseable y precioso; para conseguirlo se deben sacrificar todas las otras cosas con prontitud y habilidad financiera. 

Descubrir un fabuloso tesoro escondido es encontrar el Reino de Dios, que se nos es ofrecido como ocasión única. Para no perderla, si es necesario, se deben empeñar todos los medios y posibilidades que están a nuestra disposición. La sabiduría que nos propone Jesús es ser capaces de subordinar todo el nuevo tesoro descubierto desde la fe, que supera todo bien efímero y hace superfluo lo restante.

El esfuerzo de la elección de lo esencial no defrauda y comunica una gran alegría. Optar por el Reino de Dios exige inteligencia y no sólo coraje, e implica tener la simplicidad de la paloma y la astucia de la serpiente. Los verdaderos sabios son los que al final son salvados por el juicio divino y no según esquemas humanos.
Andrés Pardo


Palabra de Dios:

Reyes 3, 5. 7-12Sal 118, 57 y 72. 76-77. 127-128. 129-130
san Pablo a los Romanos 8, 28-30san Mateo 13, 44-52
Comprender la Palabra
Desde el actual Yemen, la reina de Saba quiso visitar Jerusalén para conocer la fama de sabio que tenía el rey de un pequeño pueblo, en la tierra de Canaan. Era el rey Salomón, del que escuchamos hoy en la primera lectura, al subir al trono pide a Dios que le conceda espíritu de discernimiento, un corazón dócil para poder ver la voluntad de Dios en un mundo en el que como escuchábamos en el evangelio del trigo y la cizaña el domingo pasado, se han juntado lo bueno y lo malo.

El discernimiento, por tanto, no se hace desde el equilibrio más separado de la realidad, sino desde su más profundo misterio: el amor a la voluntad de Dios. Para poder tomar las decisiones adecuadas con respecto a la propia vida -más aún si, como el rey Salomón, tenía que decidir sobre otros- es necesario un profundo amor al que nos pone en la situación y con la autoridad para decidir. Pues esas decisiones correctas parten del conocimiento de Dios y se afrontan con una gran confianza en Él. Porque sé quién eres, Señor, tomo esta decisión.

Elegir entre todo lo que tengo y el tesoro escondido en el campo puedo hacerlo si sé quién me ofrece ese tesoro. Si sé a quién me une esa elección. Por eso, el discernimiento es una forma de sabiduría que permite reconocer “una gran alegría” y apostar por ella. Lo permite incluso cuando las cosas aparecen de forma sorprendente, inesperada, como aparece ese tesoro, que no es fruto del trabajo previo. Permite no actuar de malas maneras, de forma “ilegal”, pues, en la parábola, el que descubre el tesoro no lo coge sin más, sino que vende primero lo necesario para poder comprar el campo; es decir, obrar con sabiduría es siempre obrar con alegría y rectitud, a pesar de la dificultad de las decisiones que hay que tomar en la vida. Y es que cuando alguien encuentra algo tan valioso, ningún precio nos parece mucho; hasta el Yemen está cerca de Israel, si se trata de conocer una inmensa capacidad para elegir lo mejor.

Así ocurre con el Reino de Dios: la Buena Noticia de la llegada del Reino tiene que producir una alegría tal al corazón que, con sabiduría, decidamos apostar por él. Y la apuesta por el Reino tiene una forma propia de hacerse: es el seguimiento de Cristo. En el seguimiento de Cristo se aprende a valorar lo que Dios ha ido ofreciendo desde siempre y lo que nos ofrece hoy, lo viejo y lo nuevo. No hay ideologías de por medio, sólo un deseo de beneficiarse de ese tesoro escondido, con “un corazón dócil”, como pedía Salomón, para decidir.

Por esto mismo, la Iglesia canta con el salmo de la Ley de Dios: “¡Cuánto amo tu voluntad, Señor!” Deleitarse en esa voluntad divina, en el brillo de ese tesoro, nos permite caminar por la vida siguiendo al Señor. Aunque cada día experimentemos la tentación de hacer nuestro camino, de elegir nuestra voluntad en autonomía, al margen de Dios, la experiencia primera del amor de Dios nos lleva a la decisión correcta: “amo tu voluntad”. ¿Pedimos al Señor ese espíritu de discernimiento para amar su voluntad? ¿cómo reaccionamos cuando no queremos lo que Dios quiere, con un corazón dócil o con un corazón duro?

Aquel “dame lo que me pides y pídeme lo que quieras” del santo de Hipona es la forma de responder a la certeza de la compañía divina y de la luz que nace de su tesoro. En él está la sabiduría de Salomón, la del padre de familia del evangelio de hoy.
Diego Figueroa

domingo, 23 de julio de 2017

23/07/2017 – Domingo de la 16ª semana de Tiempo Ordinario

ESCRITO POR EL . POSTEADO EN LECTURAS DE MISA
PRIMERA LECTURA
Concedes el arrepentimiento a los pecadores.
Lectura del libro de la Sabiduría 12, 13. 16-19
Fuera de ti, no hay otro dios al cuidado de todo, a quien tengas que demostrar que no juzgas injustamente.
Porque tu fuerza es el principio de la justicia, y tu señorío sobre todo te hace ser indulgente con todos.
Despliegas tu fuerza ante el que no cree en tu poder perfecto y confundes la osadía de los que lo conocen.
Pero tú, dueño del poder, juzgas con moderación y nos gobiernas con mucha indulgencia, porque haces uso de tu poder cuando quieres.
Actuando así, enseñaste a tu pueblo que el justo debe ser humano, y diste a tus hijos una buena esperanza, pues concedes el arrepentimiento a los pecadores. Palabra de Dios.
Sal 85, 5-6. 9-10. 15-16a 
R Tú, Señor, eres bueno y clemente.
Porque tú, Señor, eres bueno y clemente,
rico en misericordia, con los que te invocan.
Señor, escucha mi oración,
atiende la voz de mi súplica. R.
Todos los pueblos vendrán
a postrarse en tu presencia, Señor;
bendecirán tu nombre:
«Grande eres tú, y haces maravillas;
tú eres el único Dios». R.
Pero tú, Señor,
Dios clemente y misericordioso,
lento a la cólera, rico en piedad y leal,
mírame, ten compasión de mí. R.
SEGUNDA LECTURA
El Espíritu intercede por nosotros con gemidos inefables
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 8, 26-27
Hermanos:
El Espíritu acude en ayuda de nuestra debilidad, pues nosotros no sabemos pedir como conviene; pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables.
Y el que escruta los corazones sabe cuál es el deseo del Espíritu, y que su intercesión por los santos es según Dios.
Palabra de Dios.
EVANGELIO
Dejadlos crecer juntos hasta la siega
Lectura del santo Evangelio según san Mateo 13, 24-30
En aquel tiempo, Jesús propuso otra parábola a la gente diciendo:
«El reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero, mientras los hombres dormían, un enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo y se marchó. Cuando empezaba a verdear y se formaba la espiga apareció también la cizaña. Entonces fueron los criados a decirle al amo:
“Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña?”
Él les dijo:
“Un enemigo lo ha hecho”.
Los criados le preguntaron:
“¿Quieres que vayamos a arrancarla?”
Pero él les respondió:
“No, que, al recoger la cizaña podéis arrancar también el trigo. Dejadlos crecer juntos hasta la siega y, cuando llegue la siega, diré a los segadores: arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo almacenadlo en mi granero”».
Palabra del Señor.

Domingo de la 16ª semana de Tiempo Ordinario – 23/07/2017

ESCRITO POR WEBMASTER EL . POSTEADO EN HOY DOMINGO
Comentario Pastoral
LA MOSTAZA, LA LEVADURA Y LA CIZAÑA
E1 evangelio que se lee este domingo también va de parábolas. Nada menos que tres. La central es la de la cizaña, seguida de dos semejanzas paralelas: el grano de mostaza y la levadura, finísimos símbolos de las características del Reino instaurado por Jesús.

La fuerza de las imágenes está en el contraste entre la semilla casi microscópica o lo exiguo de la levadura y la inmensidad del árbol o de la masa fermentada. El Reino de los cielos ha comenzado de manera insignificante con un “pastor” contestado y crucificado, y un pequeño rebaño; pero con una fuerza capaz de alterar y revolucionar la historia. El crecimiento es su dinamismo eficaz desarrollado en medio de luchas dramáticas. En el campo de la historia se contraponen el amo y el enemigo, el grano y la cizaña, el arrancar o el dejar sobrevivir hasta el final.

La parábola de la cizaña muestra dos enseñanzas fundamentales: la presencia del maljunto al bien, la necesidad de la paciencia. Los puritanos, los fogosos, los intransigentes quieren que el mal desaparezca, que llueva fuego sobre los perversos, que el hacha corte el árbol sin frutos. Esto es un peligro que puede derivar hacia un fariseísmo cristiano, que sueña comunidades perfectas y separadas. Es conveniente vivir de frente o al lado del mal sin pensar obsesivamente en su destrucción; recuérdese que Jesús fué amigo de publicanos y pecadores, que dialogó y comió con ellos y con personas justas y piadosas. En toda circunstancia fué más médico que juez.

La misteriosa mezcla de bien y mal, de esplendores y de miserias que es la historia y la humanidad, es también el campo para una paciente acción del Reino y de la Iglesia. No todo desembocará en ruina, sino en una triunfal “cosecha” de Dios, que hará brillar todo el bien diseminado en los siglos y en las tierras diversas de nuestro mundo.

No deja de ser interpelante comparar la paciencia de Dios, libre de intransigencias y radicalismos, con la impaciencia de muchos creyentes, que se hacen jueces implacables para defender la pena de muerte y la tortura con fines ejemplares. 
Andrés Pardo


Palabra de Dios:

Sabiduría 12, 13. 16-19Sal 85, 5-6. 9-10. 15-16a
san Pablo a los Romanos 8, 26-27san Mateo 13, 24-43
de la Palabra a la Vida
Comentar todas las parábolas del evangelio de este domingo excede estas líneas, pero podemos fijarnos especialmente en la primera de las parábolas, ya que la primera lectura de este domingo la señala directamente: la fuerza y la moderación de Dios ante el juicio iluminan la actitud del sembrador cuando el trigo y la cizaña aparecen juntos: ¿qué hacer? No es momento de la siega aún, así que conviene esperar.

Esa espera es una puerta abierta al pecador para que se convierta, advierte el libro de la Sabiduría. Aunque el sembrador claramente no ha sido el que ha hecho aparecer la cizaña sino “un enemigo”, la cizaña debe quedar en pie hasta el momento oportuno, el de la siega. Sí, sin duda es una referencia al tiempo final, otra parábola que tiene que ver con la separación que sucederá al final, cuando la luz de Cristo ilumine los corazones de todos para separar a unos y otros.

Ciertamente, lo bueno y lo malo se han mezclado, pero, entonces, ¿por qué esperar para separarlos? En la parábola encontramos dos motivos preciosos: el primero es que el hombre no está en situación de hacer esa tarea. Son tan iguales trigo y cizaña que pueden confundirse, y hay que esperar a que se distingan. Igual sucede con verdaderos y falsos creyentes. Pueden parecer iguales, pero cuando el Señor ilumine los corazones de cada uno, sabremos separarlos con acierto. Sí, nosotros no podemos ver el corazón, pero el Mesías sí: Él hará a su tiempo la separación. Un segundo motivo es que Dios ha marcado el momento, la hora de la separación, la hora de la siega. No podemos precipitarla ni pasarla por alto. Es necesario rechazar todo falso celo, y dejar abierto el plazo a la penitencia: “Tú, Señor, eres bueno y clemente, rico en misericordia con los que te invocan”. El salmista sabe que es bueno esperar en Dios, confiar en Él, pero no de forma pasiva, sino obrando la propia conversión.

La vida de la Iglesia, de los que seguimos al Señor, es compleja en este sentido, pero esta parábola nos ayuda a comprender que siempre ha sido así. Ni todo el mundo sigue al Señor con la misma confianza, ni con la misma decisión, ni en la misma verdad: es por eso que uno puede tener la tentación de “pasarse de la raya” y, por buscar la conversión de todos al Señor, algo positivo, hacer un daño irreparable al camino de cada uno, algo negativo. Por eso la paciencia del Señor. ¿Qué veo en mi comunidad cristiana, en mi parroquia, en mi iglesia diocesana o en la católica, que no está bien? ¿Abro la puerta a la conversión o me precipito en el juicio? ¿Qué nos enseña esta parábola?

No hace falta que vayamos muy lejos para decidir qué es mejor hacer: nos basta la mirada a la propia debilidad, a los propios pecados, al camino de conversión que cada uno de nosotros llevamos día a día, paso a paso, y que está pudiendo hacerse porque el Señor es “lento a la ira”: sin la clemencia del Señor, ya seríamos nada. 

Seguir al Señor por la vida de fe supone aceptar que ese proceso se está dando en nosotros. Que no queremos esperar pasivamente, pero que tenemos que ser pacientes. Dios mira y espera, porque ama espera. Quizás creciendo en el amor, también nosotros aprendamos a esperar como Él. Si, tal y como decía la primera lectura, “Tú, poderoso soberano, juzgas con moderación y nos gobiernas con gran indulgencia”, la misión de la Iglesia es acoger la forma de hacer de Dios, sembrador paciente, y si los sacramentos nos llenan de amor de Dios, hacer de ellos instrumento que nos ayuda a acoger la forma de hacer de Dios, que discierne las cosas y las lleva a cabo en el momento oportuno.
Diego Figueroa