domingo, 8 de marzo de 2020

PRIMERA LECTURA
Vocación de Abrahán, padre del pueblo de Dios.
Lectura del libro del Génesis 12, 1-4a
En aquellos días, el Señor dijo a Abran:
«Sal de tu tierra, de tu patria, y de la casa de tu padre, hacia la tierra que te mostraré.
Haré de ti una gran nación, te bendeciré, haré famoso tu nombre, y serás una bendición.
Bendeciré a los que te bendigan, maldeciré a los que te maldigan, y en ti serán benditas todas las familias de la tierra».
Abran marchó, como le había dicho el Señor.
Palabra de Dios.
Sal 32, 4-5. 18-19. 20 y 22
R. Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti.
La palabra del Señor es sincera,
y todas sus acciones son leales;
él ama la justicia y el derecho,
y su misericordia llena la tierra. R.
Los ojos del Señor están puestos en quien lo teme,
en los que esperan en su misericordia,
para librar sus vidas de la muerte
y reanimarlos en tiempo de hambre. R.
Nosotros aguardamos al Señor:
él es nuestro auxilio y escudo.
Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros,
como lo esperamos de ti. R.
SEGUNDA LECTURA
Dios nos llama y nos ilumina.
Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a Timoteo 1, 8b-10
Querido hermano:
Toma parte en los padecimientos por el Evangelio, según la fuerza de Dios.
Él nos salvó y nos llamó con una vocación santa, no por nuestros obras, sino según su designio y según la gracia que no dio en Cristo Jesús desde antes de los siglos, la cual se ha manifestado ahora por la aparición de nuestro Salvador Cristo Jesús, que destruyó la muerte e hizo brillar la vida y la inmortalidad por medio del Evangelio.
Palabra de Dios.
Versículo
R. Gloria a ti, Cristo, Sabiduría de Dios Padre.
En el esplendor de la nube se oyó la voz del Padre:
«Este es mi Hijo, el Elegido, escuchadlo». R.
EVANGELIO
Su rostro resplandecía como el sol.
Lectura del santo Evangelio según san Mateo 17, 1-9
En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y subió con ellos aparte a un monte alto.
Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz.
De repente se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él.
Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús:
«Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías».
Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra, y una voz desde la nube decía:
«Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo».
Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto.
Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo:
«Levantaos, no temáis».
Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo.
Cuando bajaban del monte, Jesús les mandó:
«No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos».
Palabra del Señor.

Comentario Pastoral
LA BLANCA TRANSFIGURACIÓN
Aunque en Cuaresma se utiliza el color morado en las vestiduras litúrgicas, sin embargo, apoyados en el relato evangélico que se lee hoy, se puede decir que es un domingo de color blanco. Lo blanco evoca la inocencia, la alegría, la admiración. Es color de vida y de luz, opuesto al negro, color de tinieblas y de luto. Es significativo que el color blanco, con referencia a Cristo, no aparece durante su vida terrena, excepto en el momento privilegiado de la transfiguración; “sus vestidos se volvieron blancos como la luz”, cuando en la cumbre del Tabor desveló su gloria. En esta teofanía, similar a la del Sinaí, Cristo brilló con luminosidad nueva. Los que serían testigos de la agonía en la noche negra de Getsemaní son los que ahora ven su gloria resplandeciente y blanca.

En múltiples pasajes bíblicos se habla de la “gloria” de Dios que se manifiesta en la creación, en el éxodo, en el templo de Jerusalén. Pero donde aparece verdaderamente la gloria de Dios es en la persona de Cristo, resplandor de la gloria del Padre, que un día al final de los tiempos, vendrá con gloria y majestad a juzgar y salvar. La gran catequesis de la Cuaresma nos recuerda que Cristo ha ascendido a la gloria de los cielos, donde vive glorificado, después de la pasión.

Al monte Tabor se le compara normalmente con el Sinaí, donde la irradiación fulgurante de Jahvé coronaba la montaña y volvió radiante el rostro de Moisés. Pero el monte de la Transfiguración hace referencia también al Calvario. Son dos cimas de glorificación, a las que hay que ascender. Quién quiera contemplar, como Pedro, Santiago y Juan, la gloria de Dios, tiene que subir como Cristo al Calvario de la fidelidad y de la entrega. La cruz es la gloria del cristiano.

Para que el hombre pueda transfigurarse y resplandecer tiene que escuchar al Hijo predilecto de Dios. Toda la Cuaresma es una escucha intensa de la Palabra que salva; imitando a San Pedro, el cristiano debería exclamar: ¡qué hermoso es vivir este tiempo de gracia y renovación, para bajar al valle de lo cotidiano pertrechados de una gracia y fuerza nueva! Así un día podrá subir al definitivo Tabor de los cielos después de haber caminado por la vida manifestando en todo la gloria de Dios.
Andrés Pardo


de la Palabra a la Vida
Para que el que ha entrado en la Cuaresma con buen ánimo, con decisión, no se venga abajo, y para que el que ha entrado en la Cuaresma de mala manera, con dejadez o debilidad, no quiera dejar correr el tiempo, el segundo domingo de este tiempo nos permite, como a Moisés desde el monte Nebo, pero con la certeza del éxito final, ver la tierra prometida, el triunfo de Cristo.

La gloria que descubre a los suyos en el Tabor es la prenda de la herencia que les espera. Ya en Cristo se hace visible lo que espera a los que perseveren en la Cuaresma de la vida con Él. La bendición que Abraham recibe en la primera lectura ya se ve en Cristo en el evangelio. ¡Qué preciosa pedagogía de la Madre Iglesia! No quiere que nadie agache la cabeza, que nadie se rinda a pesar de la experiencia constante de la prueba y de la debilidad: por eso ya nos deja ver, como hace el Señor con Pedro, Santiago y Juan, lo que sucederá al final. La bendición ya es real, ya ha sido mostrada a la Iglesia. Mirar en la Iglesia esta sabia madurez maternal nos ayuda a quererla, a dejarnos guiar por ella aún en tiempos difíciles, una sabiduría providente y lúcida.

Nos toca, por tanto, en este domingo luminoso, situarnos en la perspectiva correcta, la de los tres apóstoles, y acoger la revelación que desde la montaña el Señor nos hace. Sí, Cristo se va a servir del tiempo de Cuaresma para compartir con su esposa, la Iglesia, un gran secreto, el de su divina naturaleza, el de su victoria final. Busca de esta manera hacer crecer la intimidad y la confianza entre uno y otra. Así, no es sólo lo que nos muestra el Señor, sino la razón profunda de hacerlo, la inmensa confianza que pone en nosotros y que nos permite afrontar las pruebas de cada día con el secreto, guardado en el corazón, del inmenso poder de Dios. Tenemos la carta ganadora, y eso nos hace jugar con seguridad y confianza. La cruz que espera al Señor no será un obstáculo que impida la victoria final, sino parte del camino triunfal.

Por eso san Pablo anima a los cristianos a tomar parte en los duros trabajos del evangelio. Es a la Iglesia a la que grita el apóstol: “¡Toma parte!” Es como si le dijera: “Yo me he visto deslumbrado por la gloria de esa victoria, por eso, no dejes de tomar parte por ella”. Es su forma de decir al cristiano de hoy que merece la pena pasar por todas las dificultades que sea necesario si es por el anuncio del evangelio, por la victoria de Cristo. El salmo responsorial nos invita a una respuesta positiva y constante. Quiere fomentar en la Iglesia el deseo de participar con el Señor en su salvación.

Abraham ya ha mostrado, lleno de fe, el camino de confianza por el que se puede seguir al Señor. La Cuaresma es llamada a seguir en ese camino de confianza. ¿Agradezco la revelación que Dios me hace de su victoria? Igual me viene bien, como a los discípulos, en momentos de prueba o de dificultad. ¿Me doy cuenta de la relación profunda que el Señor me ofrece con este misterio de luz en medio de la oscuridad?

A menudo los cristianos vivimos nuestra relación con Dios no desde la confianza, sino desde el miedo, desde el recelo. Y eso nos resta libertad para elegir al Señor, para aceptar su propuesta misteriosa de cada día. Eso hace que ocultemos el hacer de Dios. ¡Toma parte sin miedo!

¿He entrado ya en la Cuaresma? ¿He puesto ya el corazón? Ahora es el momento: ¡toma parte! El camino no es cómodo, sólo lo será el final. No se montan tiendas, no se para uno, no se detiene a descansar, nada de eso es ahora. Ahora toca implicarse en el misterio de revelación y entrega de Cristo a la humanidad.
Diego Figueroa

domingo, 1 de marzo de 2020

PRIMERA LECTURA
Creación y pecado le los primeros padres.
Lectura del libro del Génesis 2, 7-9; 3, 1-7
El Señor Dios modeló al hombre del polvo del suelo e insufló en su nariz un aliento de vida, y el hombre se convirtió en ser vivo.
Luego el Señor Dios plantó un jardín en Edén, hacia oriente, y colocó en él al hombre que había modelado.
El Señor Dios hizo brotar del suelo toda clase de árboles hermosos para la vista y buenos para comer; además, el árbol de la vida en mitad del jardín, y el árbol del conocimiento del bien y el mal.
La serpiente era más astuta que las demás bestias del campo que el Señor había hecho. Y dijo a la mujer:
«¿Conque Dios os ha dicho que no comáis de ningún árbol del jardín?».
La mujer contestó a la serpiente:
«Podemos comer los frutos de los árboles del jardín; pero del fruto del árbol que está en mitad del jardín nos ha dicho Dios: “No comáis de él ni lo toquéis, de lo contrario moriréis”».
La serpiente replicó a la mujer:
«No, no moriréis; es que Dios sabe que el día en que comáis de él, se os abrirán los ojos, y seréis como Dios en el conocimiento del bien y el mal».
Entonces la mujer se dio cuenta de que el árbol era bueno de comer, atrayente a los ojos y deseable para lograr inteligencia; así que tomó de su fruto y comió. Luego se lo dio a su marido, que también comió.
Se les abrieron los ojos a los dos y descubrieron que estaban desnudos; y entrelazaron hojas de higuera y se las ciñeron.
Palabra de Dios.
Sal 50, 3-4. 5-6a 12-13. 14 y 17
R. Misericordia, Señor: hemos pecado.
Misericordia, Dios mío, por tu bondad,
por tu inmensa compasión borra mi culpa,
lava del todo mi delito,
limpia mi pecado. R.
Pues yo reconozco mi culpa,
tengo siempre presente mi pecado.
Contra ti, contra ti solo pequé,
cometí la maldad en tu presencia. R.
Oh Dios, crea en mi un corazón puro,
renuévame por dentro con espíritu firme.
No me arrojes lejos de tu rostro,
no me quites tu santo espíritu. R.
Devuélveme la alegría de tu salvación,
afiánzame con espíritu generoso.
Señor, me abrirás los labios,
y mi boca proclamará tu alabanza. R.
SEGUNDA LECTURA
Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia.
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 5, 12-19
Hermanos:
Lo mismo que por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así la muerte se propagó a todos los hombres, porque todos pecaron…
Pues, hasta que llegó la ley había pecado en el mundo, pero el pecado no se imputaba porque no había ley. Pese a todo, la muerte reinó desde Adán hasta Moisés, incluso sobre los que no habían pecado con una transgresión como la de Adán, que era figura del que tenía que venir.
Sin embargo, no hay proporción entre el delito y el don: si por el delito de uno solo murieron todos, con mayor razón la gracia de Dios y el don otorgado en virtud de un hombre, Jesucristo, se han desbordado sobre todos.
Y tampoco hay proporción entre la gracia y el pecado de uno: pues el juicio, a partir de uno, acabó en condena, mientras que la gracia, a partir de muchos pecados acabó en justicia.
Si por el delito de uno solo la muerte inauguró su reinado a través de uno solo, con cuánto más razón los que reciben a raudales el don gratuito de la justificación reinarán en la vida gracias a uno solo, Jesucristo.
En resumen, lo mismo que por un solo delito resultó condena para todos, así también por un acto de justicia resultó justificación y vida para todos.
Pues, asó como por la desobediencia de un solo hombre, todos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo, todos serán constituidos justos.
Palabra de Dios.
Versículo
R. Gloria y alabanza a ti, Cristo.
No solo de pan vive el hombre,
sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. R.
EVANGELIO
Jesús ayuna cuarenta días y es tentado.
Lectura del santo Evangelio según san Mateo 4, 1-11
En aquel tiempo, Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. Y después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al fin sintió hambre.
El tentador se le acercó y le dijo:
« Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes».
Pero él le contestó:
«Está escrito: “No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”».
Entonces el diablo lo llevó a la ciudad santa, lo puso en el alero del templo y le dijo:
«Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: «”Ha dado órdenes a sus ángeles acerca de ti y te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras”».
Jesús le dijo:
«También está escrito: “No tentarás al Señor, tu Dios”».
De nuevo el diablo lo llevó a una monte altísimo y le mostró los reinos del mundo y su gloria, y le dijo:
«Todo esto te daré, si te postras y me adoras».
Entonces le dijo Jesús:
«Vete, Satanás, porque está escrito: “Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto”».
Entonces lo dejó el diablo, y he aquí que se acercaron los ángeles y lo servían.
Palabra del Señor.


Comentario Pastoral
LAS TENTACIONES DE SIEMPRE
El famoso escritor católico Graham Greene ha dicho: “El cristiano, al igual que cualquier hombre, reside en un territorio limítrofe entre el Bien y el Mal, en una zona de salteamiento”. Es verdad que la libre decisión está en la raíz de nuestra historia.La Cuaresma que acaba de comenzar es momento apto para reconquistar el sentido de la propia libertad, de la propia grandeza y del peligro de las dos posibilidades que se nos ofrecen. La Cuaresma es tiempo oportuno para madurar humana y cristianamente.

Tentación es todo lo que puede apartarnos, en un momento concreto, del camino trazado por Dios. La tentación es una proposición o insinuación revestida de bondad, que aparece como una liberación, una puerta abierta hacia las obras fáciles, hacia la satisfacción del propio yo.

Al recordar las tentaciones de Cristo, que son las nuestras, es oportuno observar que las insinuaciones del diablo, a excepción quizá de la tercera, no constituyen ningún disparate manifiesto, ni ninguna maldad en sí mismas: manifestarse al pueblo, obrar milagros, evitar el mal… Todo aparece en un plano de gran naturalidad y de cierta bondad humana. Incluso parece escogido exprofeso para entrar en la línea de la vocación mesiánica. De hecho Cristo, más adelante, se manifestará al pueblo, multiplicará los panes, hará milagros y se esconderá de los judíos que le buscan.

La “tentación de los panes” se resuelve con la adhesión a la Palabra de Dios, que es verdadero alimento del espíritu. La “tentación del templo” se resuelve con el rechazo de la pseudoreligión, que en vez de servir a Dios, pretende servirse de Dios. La “tentación del monte” se resuelve con el rechazo del poder opresivo y egoísta y con la aceptación del verdadero señorío de Dios. Tres tentaciones que en vez de producir magia, infidelidad y orgullo producen en Jesús fe, amor y abandono en el proyecto divino. En esta biografía espiritual de Jesús se puede y se debe encuadrar nuestra biografía.

Cristo venció la tentación primera del mesianismo terrenista; el cristiano no debe estar ligado a la materialidad de las cosas. Cristo venció la tentación segunda del mesianismo taumatúrgico; el cristiano debe liberarse de un concepto de religión mágico y publicitario.

Cristo venció la tentación tercera del mesianismo político; el cristiano debe liberarse de la idolatría del bienestar y del poder.
Andrés Pardo


de la Palabra a la Vida
Con la llegada de la Cuaresma, la Iglesia nos ofrece un camino en el que buenamente podemos discernir la temperatura espiritual de nuestro corazón si somos capaces de, más allá de las formas y costumbres de este tiempo, descubrir una llamada del Señor a ser nuestro único Señor. Nuestra vida influye en nuestra fe, y viceversa. No pasamos por la vida fríamente, aislados de lo que creemos, del Señor al que confesamos. Seguir a Jesús no es algo casual, no es pasearse: consiste en avanzar por las heridas que el tentador ha dejado en nosotros para descubrir la presencia misericordiosa de Dios llevándonos a su curación propia.

La Cuaresma de san Mateo, la que celebramos este año, busca centrar nuestro corazón en Cristo. Y lo busca porque no lo está suficientemente: Adán y Eva son la prueba de ello. No solamente es que nuestro corazón no está puesto plenamente en el Señor, sino que, además, somos conscientes de que avanzamos por un largo desierto. El pecado de Adán y Eva ha llevado a la humanidad a avanzar por un camino de conversión, en el que el corazón va acogiendo nuevamente a Dios y va reconociendo su primacía sobre nuestra vida.

Por eso el salmo 50 nos acompaña durante este tiempo: la conversión se realiza desde la experiencia de la misericordia de Dios antes que desde el buen hacer del hombre. Mientras estamos llamados a la conversión (sí, ciertamente, durante toda esta vida y hasta el último de nuestros días), avanzamos como Adán y Eva, como nuestros padres del pueblo de Israel, por el desierto. Sin embargo, sabemos bien por medio de quién nos llega la justificación. Sabemos bien por medio de quién alcanzamos la tierra prometida. Edén no es un imposible, Edén es Jesucristo. Por eso la elección de la segunda lectura de hoy: San Pablo no tiene dudas, podemos esperar en Jesucristo.

La prueba de que así es, son las tentaciones en el desierto. Adán y Eva sucumbieron, pero Cristo ha superado la prueba. Donde Adán perdió, un hijo de Adán vence. El hombre ya no está determinado al pecado, sino que obra con libertad gracias a Cristo, de manera que puede elegir el bien. A partir de la escena de las tres tentaciones, la humanidad va a vivir, como Cristo, en constante oposición al Tentador. Aunque la victoria de Cristo que hoy comienza a fraguarse en las tentaciones, se manifestará definitiva en la cruz, en el Misterio Pascual. Allí podremos decir que la Cuaresma ha terminado, entraremos en el tiempo de la Pascua. Por eso la Cuaresma es un tiempo de penitencia que tiene la mirada en el horizonte pascual.

No tiene sentido pasar por alto la Cuaresma, porque esto haría perder el sentido de la cruz. Cuando rechazamos el tiempo penitencial, cuando eludimos el arrepentimiento profundo, el dolor del corazón por los pecados, la penitencia profunda del corazón, nos privamos de aprender a valorar la cruz. El camino entre el pecado de Adán y la salvación de Cristo es largo, no lo anulemos, no lo olvidemos.

En este camino, el evangelio nos muestra hoy también dónde está nuestro consuelo, nuestra fortaleza: en la acción del Espíritu Santo. Aquel que soplaba sobre las aguas en la creación, que fue insuflado al hombre creado por Dios, a Adán, conduce al hijo de Adán al desierto. El Espíritu nos fortalece en el desierto y nos ilumina para que nuestras respuestas sean acertadas, propias de los que siguen a Cristo. ¿Quién guía mis respuestas? ¿Soy capaz de entrar en el camino cuaresmal como un camino en el que se produzcan cambios en mí no para hoy, sino para siempre?

El Espíritu Santo no elimina la Cuaresma, sino que manifiesta la compañía y el poder de Dios en ella. Aprendamos la lección del poder del Señor: su victoria humilde en las tentaciones es nuestro día a día, si confiamos en Él.
Diego Figueroa

domingo, 23 de febrero de 2020

PRIMERA LECTURA
Amarás a tu prójimo como a ti mismo.
Lectura del libro del Levítico 19, 1-2.17-18
El Señor habló a Moisés:
«Di a la comunidad de los hijos de Israel:
“Sed santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo.
No odiarás de corazón a tu hermano, pero reprenderás a tu prójimo, para que no cargues tú con su pecado.
No te vengarás de los hijos de tu pueblo ni les guardarás rencor, sino que amarás a tu prójimo como a ti mismo.
Yo soy el Señor”».
Palabra de Dios.
Sal 102,1-2.3-4.8 y 10. 12-13
R. El Señor es compasivo y misericordioso.
Bendice, alma mía, al Señor,
y todo mi ser a su santo nombre.
Bendice, alma mía, al Señor,
y no olvides sus beneficios. R.
Él perdona todas tus culpas
y cura todas tus enfermedades;
él rescata tu vida de la fosa
y te colma de gracia y de ternura. R.
El Señor es compasivo y misericordioso,
lento a la ira y rico en clemencia.
No nos trata como merecen nuestros pecados
ni nos paga según nuestras culpas. R.
Como dista el oriente del ocaso,
así aleja de nosotros nuestros delitos.
Como un padre siente ternura por sus hijos,
siente el Señor ternura por los que lo temen. R.
SEGUNDA LECTURA
Todo es vuestro, vosotros de Cristo, y Cristo de Dios.
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 3, 16-23
Hermanos:
¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?
Si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él; porque el templo de Dios es santo: y ese templo sois vosotros.
Que nadie se engañe. Si alguno de vosotros se cree sabio en este mundo, que se haga necio para llegar a ser sabio.
Porque la sabiduría de este mundo es necedad ante Dios, como está escrito: «Él caza a los sabios en su astucia». Y también: «El Señor penetra los pensamientos de los sabios y conoce que son vanos».
Así, pues, que nadie se gloríe en los hombres, pues todo es vuestro: Pablo, Apolo, Cefas, el mundo, la vida, la muerte, lo presente, lo futuro. Todo es vuestro, vosotros de Cristo, y Cristo de Dios.
Palabra de Dios.
Aleluya Heb 4, 12ad
R. Aleluya, aleluya, aleluya.
La palabra de Dios es viva y eficaz;
juzga los deseos e intenciones del corazón. R.
EVANGELIO
Amad a vuestros enemigos.
Lectura del santo Evangelio según san Mateo 5, 38-48
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Habéis oído que se dijo: “Ojo por ojo, diente por diente”. Pero yo os digo: no hagáis frente al que os agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también el manto; a quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos; a quien te pide, dale, y al que te pide prestado, no lo rehuyas.
Habéis oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo”.
Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos, y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos.
Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y, si saludáis solo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles? Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto».
Palabra del Señor.

Comentario Pastoral
EL AMOR A LOS ENEMIGOS
El amor cristiano no es la sola unión de los esposos, ni el ardor de los amantes, ni el acuerdo de los amigos, ni la predilección de los prójimos, sino el amor total que llega incluso a poder amar a los enemigos. Es un amor que no se queda en la dulce y confortable efusión del corazón, ni se reduce a un intercambio de beneficios, sino que se convierte en don y abandono total, rompiendo las coordenadas lógicas de los comportamientos humanos.

El amor cristiano no es un simple afecto, porque si lo fuera no podría ser objeto de un mandamiento, ya que no se puede tener afecto verdadero por obediencia. El amor que es objeto del mayor mandamiento de la ley nueva no pertenece al mero reino de la sensibilidad, sino al de la voluntad. No es simple sentimiento, sino virtud.

El odio siempre empequeñece, porque aísla, reduce y endurece los límites; mientras que el amor engrandece y abre horizontes. El límite del amor cristiano no es el “yo”, sino “los demás”, no son sólo los amigos, sino incluso los enemigos. No es una resta, sino una multiplicación. Es un amor infinito, que no se queda en las consideraciones de la justicia. Porque la justicia devuelve ojo por ojo y diente por diente y mal por mal, a fin de obtener un equilibrio e impedir que el desorden lo arrolle todo; mientras que el amor perfecto que nos pide Cristo paga el bien con el bien y el mal con el bien.

Es fácil amar a los prójimos y tener compasión con los que pasan hambre y estar abierto al desconocido que pasa a nuestro lado o vive lejos, pero que nos va a importunar solamente un momento. Pero existe un hombre más difícil de amar que el pobre y el extranjero: es el enemigo que hace daño, ataca y escarnece. Amarlo es exponerse al ridículo, a la ruina, incluso a la muerte. Quien es capaz de este amor se acerca a la perfección del “Padre que está en el cielo y hace salir su sol sobre malos y buenos y manda la lluvia a justos e injustos”. Es, en verdad, un amor difícil y arriesgado, que exige un gran dominio de los sentimientos. Es un fuego purificador y un sacrificio, que en vez de causar la muerte, insufla una vida nueva, plena de gozo, que nadie puede
arrebatar. Los cristianos podemos hacer realidad lo que parece utopía.
Andrés Pardo

Palabra de Dios:

Levítico 19, 1-2.17-18Sal 102,1-2.3-4.8 y 10. 12-13
san Pablo a los Corintios 3, 16-23san Mateo 5, 38-48

de la Palabra a la Vida
La salvación consiste en adquirir una plenitud que no se tiene. Por eso, Jesús es Salvador cuando afirma que no ha venido a abolir la Ley, sino a darle plenitud, pues el amor que abría la Ley de Dios, en los primeros mandamientos, tiene que llegar con Cristo a su plenitud. Es entonces, con el evangelio de hoy, como las preciosas palabras, tan sugerentes y llenas de misericordia, de las Bienaventuranzas, se convierten en un auténtico dardo que se dirige directamente a lo más profundo del corazón. La ley del talión, ya escrita en el antiguo código de Hammurabi, 1800 años a.C. y en la ley romana, no estaba mal para aquellos tiempos: pretendía claramente evitar una venganza excesiva, que cada uno se tomara la justicia por su mano en cada afrenta, favoreciendo de esa forma que la justicia y el castigo fueran proporcionales a la culpa cometida.

Y sin embargo, Jesús viene a ofrecer la plenitud de la Ley, hasta tal punto que va a superar la anterior ley con una propuesta escandalosa: “Amad a vuestros enemigos, y rezad por los que os persiguen”. Esta plenitud consiste en que Jesús no reclama a sus discípulos una actitud pasiva ante el mal sufrido, sino una colaboración activa: dar más de lo que se nos pide, de lo que se nos quita. .. ¿Qué sentido puede tener semejante actitud? ¿Qué plenitud puede ser al que coge lo nuestro, no sólo ponérselo fácil, sino contribuir con él? Sin duda que el alcance que tiene esta afirmación de Jesús en el evangelio de hoy es nuestro corazón. Jesús no busca promulgar una ley, no ofrece una norma de tipo legal, sino que quiere que el corazón del hombre pueda plantearse las injusticias que padece según el espíritu de las Bienaventuranzas. Jesús quiere que el hombre tenga la capacidad de poder desprenderse de lo suyo de forma gratuita y generosa, pues así nos da nuestro Padre del cielo.

Así puede parecernos una injusticia excesiva para nuestra vida, para nuestro corazón… y sin embargo, Jesús está con esta propuesta preparando un misterio en el que esto ha sucedido absolutamente: su propia pasión, en la que ha perdonado y dado la vida por los que le crucificaban. A nosotros no nos ha acompañado la milla que le pedíamos, sino muchas más: Él no sólo nos ha perdonado, sino que nos ha llevado al cielo con Él. Está claro, Jesús nunca va a pedirnos algo que Él no haya puesto por obra primero. Lo que Él dibuja con esta perfección del amor, lo vive totalmente en la cruz.

Es por eso que la clave de lectura de todo este discurso que estamos haciendo domingo a domingo es este amor al prójimo que Jesús propone. Un amor que se manifiesta en que somos capaces de interceder por el que nos persigue o nos quiere mal. Volvemos al principio: ¿por qué nos pide eso? Porque eso es lo que ha hecho Él en la cruz. Aquí ya se ve claramente la plenitud de ese amor, la perfección de la justicia que Jesús pide a sus discípulos, no conscientes aún de lo que se les está pidiendo.

Jesús quiere que el hombre desarrolle plenamente las potencias de su corazón, en el que Él infunde el don del Espíritu Santo. Sí, sólo el Espíritu Santo permite amar así, permite acoger de esa forma el amor que Dios nos tiene y que quiere que nosotros tengamos. Es el amor que hace de nosotros sal y luz, que nos manifiesta como sus discípulos, que recibimos por medio de los sacramentos, los cuales quizás tengamos que aprender a vivir de otra forma, más conscientes de la milla extra que el Señor nos está acompañando, y de para qué lo está haciendo. ¿Veo el camino que el Señor hace conmigo? ¿Veo el camino que me queda por recorrer? ¿Dónde, a quién, tengo que comenzar a ofrecer ese amor perfecto que Dios pone en mi vida?

Las bienaventuranzas se cumplen en nosotros sólo cuando este amor está plenamente acogido y cuando estamos dispuestos a padecer cada día el misterio de la cruz con Cristo, donde Él nos ha dado ese amor perfecto.
Diego Figueroa

domingo, 16 de febrero de 2020

PRIMERA LECTURA
A nadie obligó a ser impío.
Lectura del libro del Eclesiástico 15, 16-21
Si quieres, guardarás los mandamientos y permanecerás fiel a su voluntad.
Él te ha puesto delante fuego y agua, extiende tu mano a lo que quieras.
Ante los hombres está la vida y la muerte, y a cada uno se le dará lo que prefiera.
Porque grande es la sabiduría del Señor, fuerte es su poder y lo ve todo.
Sus ojos miran a los que le temen, y conoce todas las obras del hombre.
A nadie obligó a ser impío, y a nadie dio permiso para pecar.
Palabra de Dios.
Sal 118, 1-2. 4-5. 17-18. 33-34
R. Dichoso el que camina en la ley del Señor.
Dichoso el que, con vida intachable,
camina en la voluntad del Señor;
dichoso el que, guardando sus preceptos,
lo busca de todo corazón. R.
Tú promulgas tus mandatos
para que se observen exactamente.
Ojalá esté firme mi camino,
para cumplir tus decretos. R.
Haz bien a tu siervo: viviré
y cumpliré tus palabras;
ábreme los ojos, y contemplaré
las maravillas de tu ley. R.
Muéstrame, Señor, el camino de tus decretos, y lo seguiré puntualmente;
enséñame a cumplir tu ley
y a guardarla de todo corazón. R.
SEGUNDA LECTURA
Dios predestinó la sabiduría antes de los siglos para nuestra gloria.
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 2, 6-10
Hermanos:
Hablamos de sabiduría entre los perfectos; pero una sabiduría que no es de este mundo ni de los príncipes de este mundo, condenados a perecer, sino que enseñamos una sabiduría divina, misteriosa, escondida, predestinada por Dios antes de los siglos para nuestra gloria.
Ninguno de los príncipes de este mundo la ha conocido; pues, si la hubiesen conocido, nunca hubieran crucificado al Señor de la gloria.
Sino que, como está escrito: «Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman».
Y Dios nos lo ha revelado por el Espíritu; pues el Espíritu lo sondea todo, incluso lo profundo de Dios.
Palabra de Dios.
Aleluya Cf. Mt 11, 25
R. Aleluya, aleluya, aleluya.
Bendito seas, Padre, Señor del cielo y de la tierra,
porque has revelado los misterios del reino a los pequeños. R.
EVANGELIO
Así se dijo a los antiguos; pero yo os digo.
Lectura del santo Evangelio según san Mateo 5, 17-37
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«No creáis que he venido a abolir la Ley y los profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud.
En verdad os digo que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley.
El que se salte uno sólo de los preceptos menos importantes, y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos.
Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el reino de los cielos.
Porque os digo que si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos.
Habéis oído que se dijo a los antiguos: “No matarás”, y el que mate será reo de juicio.
Pero yo os digo: todo el que se deja llevar de la cólera contra su hermano será procesado. Y si uno llama a su hermano “imbécil”, tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama “necio”, merece la condena de la “gehenna” del fuego.
Por tanto, si cuando vas a presentar tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda.
Con el que te pone pleito, procura arreglarte enseguida, mientras vais todavía de camino, no sea que te entregue al juez, y el juez al alguacil, y te metan en la cárcel. En verdad te digo que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último céntimo.
Habéis oído que se dijo: “No cometerás adulterio”.
Pero yo os digo: todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio con ella en su corazón.
Si tu ojo derecho te induce a pecar, sácatelo y tíralo. Más te vale perder un miembro que ser echado entero en la “gehenna”.
Si tu mano derecha te induce a pecar, córtatela y tírala, porque más te vale perder un miembro que ir a parar entero a la “gehenna”.
Se dijo: “El que se repudie a su mujer, que le dé acta de repudio.” Pero yo os digo que si uno repudia a su mujer -no hablo de unión ilegítima- la induce a cometer adulterio, y el que se casa con la repudiada comete adulterio.
También habéis oído que se dijo a los antiguos: “No jurarás en falso” y “Cumplirás tus juramentos al Señor”.
Pero yo os digo que no juréis en absoluto: ni por el cielo, que es el trono de Dios; ni por la tierra, que es estrado de sus pies; ni por Jerusalén, que es la ciudad del Gran Rey. Ni jures por tu cabeza, pues no puedes volver blanco o negro un solo cabello. Que vuestro hablar sea sí, sí, no, no. Lo que pasa de ahí viene del Maligno».
Palabra del Señor.

Comentario Pastoral
CRISTO Y LA LEY NUEVA
En este domingo sexto del Tiempo Ordinario, con plena verdad, se hace canto oracional en la boca de los creyentes los primeros versículos del salmo 118, que es un elogio de la ley compuesto por un judío piadoso. Este salmo, transido de profunda espiritualidad y belleza, es la perla del Salterio. Al cantarlo hoy como salmo responsorial en la Misa se proclama de nuevo que la verdadera Felicidad nace en la fidelidad a Dios, que manifiesta su voluntad por medio de la ley.

Cristo es el intérprete y promulgador definitivo de la ley nueva, al poner de relieve las exigencias profundas de la voluntad de Dios, que él ha venido a cumplir y dar plenitud, “hasta la última letra o tilde”. Sin quedarse en las minucias, nos enseña que para pertenecer al “reino” hay que vivir en fidelidad y coherencia total con la voluntad de Dios. La serie de antítesis que se leen en el Evangelio de hoy, son un ejemplo claro de cómo hay que actualizar la voluntad divina para alcanzar la salvación.

Las antítesis sobre el homicidio y la reconciliación están centradas en la preocupación y necesidad del perdón y del amor fraterno, que son la base y el vértice de la verdadera liturgia. Jesús exige que el cristiano no acceda al culto, expresión perfecta de la armonía con Dios, si antes no ha recompuesto totalmente la armonía con su prójimo. Es muy interpelante esta indicación, pues pueden darse muchos particularismos egoístas, claras divisiones, incluso odios sutiles, en nuestras asambleas eucarísticas.

La segunda antítesis se refiere al adulterio y al escándalo. Llevando el matrimonio a la totalidad de su donación y la pureza a su rigor profundo interior, Jesús pone el acento en la conciencia y en la decisión. El verbo “desear” es una maquinación de la voluntad, una opción personal, que puede ser un acto negativo. La tercera antítesis concierne al problema del divorcio. Cuando el matrimonio es signo de la unidad del amor de Dios adquiere todo su esplendor de donación total y gozosa.

La última antítesis hace referencia a los juramentos, que en una sociedad de cultura oral eran el símbolo de las relaciones interprofesionales y políticas. La absoluta sinceridad y la verdad deben ser la norma de la comunicación intraeclesial. Siempre será necesaria la sabiduría cristiana, que nos alcanza la verdadera libertad y nos permite caminar por el gozoso sendero de la ley de Dios.
Andrés Pardo

Palabra de Dios:

Eclesiástico 15, 16-21Sal 118, 1-2. 4-5. 17-18. 33-34
san Pablo a los Corintios 2, 6-10san Mateo 5, 17-37

de la Palabra a la Vida
A veces no nos resulta fácil tomar conciencia de la novedad que las palabras de Jesús contenían para los que las escuchaban, no valoramos el impacto que provocaban: ¿Cómo puede alguien venir a enmendar la Ley que Dios dio a Moisés? La expresión “Habéis oído … pero yo os digo … ” producía daño en el corazón de los maestros de la Ley, en la fe de cualquier judío piadoso que escuchaba a Jesús. Hay que abrir bien el corazón para aceptar que Jesús es Dios, que nos dice palabras de Dios, y que nos saca de la forma de vivir la vida que habíamos vivido hasta ahora.


En su desarrollo del sermón de las bienaventuranzas, Jesús reclama una justicia mayor a la de escribas y fariseos, una justicia mayor a la de la Ley de Moisés. La Escritura tiene que ser interpretada, y Jesús se muestra aquí como el verdadero intérprete de la Palabra Divina. Así manifiesta su autoridad ante los hombres, asumiendo a pesar de todo el escándalo que esto producía, un escándalo que pone a los discípulos ante la advertencia de la primera lectura y del salmo responsorial, pues el Sirácida ofrece la misma enseñanza que el Deuteronomio… hay dos caminos, la vida y la muerte, pero sólo uno es caminar en la voluntad del Señor. Esa plenitud de la Ley que Jesús anuncia es el verdadero alcance de las antítesis que componen el evangelio de hoy. Jesús es el único camino para alcanzar la verdad, y su palabra es la plenitud de la Ley, perennemente válida. No, la Ley no pierde su valor, sino que adquiere todo él cuando Jesucristo la ilumina con su ejemplo y su palabra.

Por eso, a partir de ahora será grande el que observe hasta el más pequeño de los mandamientos. He ahí la plenitud: si Cristo ofrece la plenitud de la Ley, cumplir esa Ley llegará hasta lo más pequeño, y por eso la justicia de sus discípulos ha de ser mayor, ha de ser la justicia de las bienaventuranzas que escuchábamos el domingo pasado y que no debemos perder de vista en todos estos domingos.

Es por esta mirada plena que para acceder al sacrificio es necesario haberse reconciliado con el hermano, pues el enfado es una forma de homicidio, que requiere la total reconciliación para participar en la ofrenda que nos ha reconciliado con Dios. Igualmente, al unir el sexto y el noveno mandamientos, Jesús advierte de la necesidad de desterrar todo lo que haya de pecaminoso en el corazón del hombre, pues es el corazón la fuente del deseo. Y en su explicación de la alianza matrimonial Jesús no deja lugar a la duda: lo que Dios quiso desde el principio fue una Alianza estable, irrompible. Así la ha establecido Él mismo con nosotros, y solo así la nuestra podrá recordar y reflejar la suya.

Qué tarea constante, por tanto, pero necesaria, la que Jesús encomienda a los suyos: sólo plenamente unidos al Señor podremos ser sus discípulos, y ciertamente el camino es exigente. Sin embargo, no equivoquemos la perspectiva: Jesús no nos ha puesto en peor situación que la que tenían nuestros padres. Al contrario, nos ha concedido el don de la gracia, la comunión con Él, para que la plenitud de la Ley no nazca de nuestras fuerzas sino de su amor, no sea alcanzable por nuestra autosuperación sino por su gracia, no sea fruto de nuestra potencia sino de la del Espíritu Santo.

Acoger el discurso de Jesús es posible para quien ha abierto su corazón a la gracia y ha transformado su corazón de piedra en corazón de carne, abriendo así la plenitud de Dios a nuestra vida, una ventana que mira desde la perfección divina a la acogida humana de su amor y de su sabiduría.

 Diego Figueroa