domingo, 14 de junio de 2020

PRIMERA LECTURA
Te alimentó con el maná, que tú no conocías ni conocieron tus padres
Lectura del libro del Deuteronomio 8, 2-3. 14b-16a
Moisés habló al pueblo, diciendo:
«Recuerda todo el camino que el Señor, tu Dios, te ha hecho recorrer estos cuarenta años por el desierto; para afligirte, para probarte y conocer lo que hay en tu corazón: si guardas sus preceptos o no.
Él te afligió, haciéndote pasar hambre, y después te alimentó con el maná, que tú no conocías ni conocieron tus padres, para hacerte reconocer que no solo de pan vive el hombre, sino que vive de todo cuanto sale de la boca de Dios.
No olvides al Señor, tu Dios, que te sacó de la tierra de Egipto, de la casa de esclavitud, que te hizo recorrer aquel desierto inmenso y terrible, con serpientes abrasadoras y alacranes, un sequedal sin una gota de agua, que sacó agua para ti de una roca de pedernal; que te alimentó en el desierto con un maná que no conocían tus padres».
Palabra de Dios.
Sal 147, 12-13. 14-15. 19-20
R. Glorifica al Señor, Jerusalén.
Glorifica al Señor, Jerusalén;
alaba a tu Dios, Sión.
Que ha reforzado los cerrojos de tus puertas,
y ha bendecido a tus hijos dentro de ti. R.
Ha puesto paz en tus fronteras,
te sacia con flor de harina.
Él envía su mensaje a la tierra,
y su palabra corre veloz. R.
Anuncia su palabra a Jacob,
sus decretos y mandatos a Israel;
con ninguna nación obró así,
ni les dio a conocer sus mandatos. R.
SEGUNDA LECTURA
El pan es uno, nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 10, 16-17
Hermanos:
El cáliz de la bendición que bendecimos, ¿no es comunión con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión del cuerpo de Cristo?
Porque el pan es uno, nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo, pues todos comemos del mismo pan.
SECUENCIA
He aquí el pan de los ángeles,
hecho viático nuestro;
verdadero pan de los hijos,
no lo echemos a los perros.
Figuras lo representaron:
Isaac fue sacrificado;
el cordero pascual, inmolado;
el maná nutrió a nuestros padres.
Buen Pastor, Pan verdadero,
¡oh, Jesús!, ten piedad.
Apaciéntanos y protégenos;
haz que veamos los bienes
en la tierra de los vivientes.
Tú, que todo lo sabes y puedes,
que nos apacientas aquí siendo aún mortales,
haznos allí tus comensales,
coherederos y compañeros
de los santos ciudadanos.
Palabra de Dios.
Aleluya Jn 6, 51
Aleluya, aleluya, aleluya.
Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo – dice el Señor -;
el que coma de este pan vivirá para siempre. R.
EVANGELIO
Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida
Lectura del santo Evangelio según san Juan 6, 51-58
En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos:
«Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo».
Disputaban los judíos entre sí:
«¿Cómo puede este darnos a comer su carne?».
Entonces Jesús les dijo:
«En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.
Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida.
El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él.
Como el Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre, así, del mismo modo, el que me come vivirá por mi.
Este es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre».
Palabra del Señor.

Comentario Pastoral

EL BANQUETE DE LA EUCARISTÍA
La primacía del banquete y del sacrificio eucarístico y la preeminencia del altar brilla significativamente en el rito sacramental que actualiza el misterio de Cristo. Los cristianos, obedientes al mandato del Señor, se reúnen para la acción de gracias, la oblación y la cena santa.

En esta solemnidad del Corpus volvemos a recordar que los actos redentores de Cristo culminan y están compendiados en su muerte y resurrección, que se actualizan en la eucaristía, celebrada por el pueblo de Dios y presidida por el ministro ordenado. Por eso, redescubrir la eucaristía en la plenitud de sus dimensiones es redescubrir a Cristo.

La Iglesia da gracias por la donación de Cristo, que nos convida a su mesa y se queda presente entre los hombres en el Santísimo Sacramento. La comunidad cristiana se reúne para que el Señor se manifieste y entregue su Cuerpo y su Sangre. No se trata, pues, de asistir a misa, sino de revivir los gestos del Señor. No se trata de embriagarse de emociones, sino de celebrar consciente, plena y activamente.

La comunidad cristiana se construye a partir del altar, que es el hogar de la vida comunitaria. Nuestros altares son ara, mesa y centro, triple funcionalismo que concreta y expresa la triple acción de sacrificar, alimentar y dar gracias.

La Eucaristía es síntesis espiritual de la Iglesia, banquete de plenitud de comunión del hombre con Dios, fuente de los valores eternos y experiencia profunda de lo divino. Participar en la eucaristía dominical es signo inequívoco de identidad cristiana y de pertenencia a la Iglesia. Por eso la Misa es momento privilegiado que posibilita el encuentro con Dios a niveles de profundidad de fe y de compromiso humano.

El Cuerpo de Cristo, pan bajado del cielo, es el definitivo maná, que repara las fuerzas del pueblo creyente en su caminar por el desierto de este mundo hacia la casa del Padre. Es pan de vida verdadera, es decir, de vida eterna. Participando del cuerpo del Señor, y compartiendo su cáliz, los cristianos se hacen “un solo cuerpo”.
Andrés Pardo


de la Palabra a la Vida
Una vez insertos en las ferias del Tiempo Ordinario, aún en el ritmo dominical la Iglesia nos ofrece hoy la oportunidad de reflexionar sobre el alimento que nos permite seguir siendo Iglesia, que nos permite seguir al Señor por la vida. ¿Es este alimento un pan, así como el maná que comió el pueblo de Israel en el desierto? No, no es ese, aunque el maná fuera un don de Dios a su pueblo, ese don sirvió para mantener vivo al pueblo, para manifestar la alianza que Dios había hecho con Israel por medio de su siervo Moisés.

Por eso, la liturgia de la Iglesia nos recuerda hoy aquel pan sin cuerpo: Dios se ha preocupado desde antiguo de alimentar a los suyos, como ha considerado oportuno por su misericordia. A partir de la venida de Cristo, “el pan vivo que ha bajado del cielo”, el maná ha pasado a ser un anuncio del alimento verdadero. Verdadero significa que es el pan para siempre. El maná pasó, después de haber cumplido con su misión, pero el pan de la eucaristía no pasará. Esa cualidad, la eternidad de ese pan, hace que el que lo coma se vuelva también eterno.

Por lo tanto, para seguir al Señor por el Tiempo Ordinario, por el camino de la vida, necesitarnos un alimento perenne, “el pan de los fuertes”. La presencia de Cristo en la eucaristía es presencia permanente que no busca sólo alimentar, sino más bien unirnos a Él, como la vid y los sarmientos. Esa unión nos va haciendo ser Él, y entonces capaces de vivir como Él.

Sin embargo, el misterio eucarístico no es sólo misterio de comunión con Jesús, sino también entre todos los que lo reciben. La eucaristía, alimento “hecho” por el cuerpo, se convierte en hacedora de la Iglesia, en elemento de unidad entre todos los que reciben el mismo alimento. Inseparablemente, no sólo nos une con el Señor, sino también con toda la Iglesia. San Pablo lo expresa de esta forma en la segunda lectura: “así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan”. La eucaristía no sólo hace de nosotros fuertes para avanzar en el seguimiento de Jesucristo, sino que nos fortalece formando parte de un cuerpo.

Así, nosotros, débiles por nosotros mismos, por la eucaristía somos doblemente fortalecidos: con el don divino y con la Iglesia. El cristiano que verdaderamente aprecia y valora el alimento eucarístico es aquel que aprecia y valora también el cuerpo de Cristo, porque la eucaristía no nos separa de los hermanos, nunca busca hacernos al margen de los otros, sino que nos anima a seguir a Cristo como parte de un pueblo. El maná era el alimento del pueblo, no para quien se alejaba del mismo.

Por eso, la Iglesia nos ofrece la oportunidad con estas lecturas de volver la mirada sobre la eucaristía como alimento para la vida eclesial y para la vida eterna. ¿Vivo en la Iglesia el don de la eucaristía como signo y llamada de Cristo a seguir a su lado? ¿Y a seguir junto a los hermanos? ¿Me acerco a comulgar consciente de que lo hago en una fila, como miembro de un pueblo, a imagen de aquellos israelitas por el desierto? Comulgar la eucaristía supone querer vivir en la Iglesia, querer relacionarme y fortalecerme en ella, pero también vivir el amor a la Iglesia y a los hermanos al salir de la celebración, pues la eucaristía nos compromete al amor fraterno, es “sacramento de caridad”. El mandato de Cristo “tomad, comed” de la última cena es la invitación a la vida, ya que “el que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día”: hasta entonces, en la fraternidad de los cristianos se reconoce lo que comemos, ¿soy capaz de reconocer en los que comulgamos esa inclinación a vivir en comunión, a hacer crecer la Iglesia en el mundo?
Diego Figueroa

domingo, 7 de junio de 2020

PRIMERA LECTURA
Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso
Lectura del libro del Éxodo 34, 4b-6. 8-9
En aquellos días, Moisés madrugó y subió a la montaña del Sinaí, como le había mandado el Señor, llevando en la mano las dos tablas de piedra.
El Señor bajó en la nube y se quedó con él allí, y Moisés pronunció el nombre del Señor.
El Señor pasó ante él proclamando:
«Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad».
Moisés, al momento, se inclinó y se postró en tierra.
Y le dijo:
«Si he obtenido tu favor, que mi Señor vaya con nosotros, aunque es un pueblo de dura cerviz; perdona nuestras culpas y pecados y tómanos como heredad tuya».
Palabra de Dios.
Dn 3, 52 – 56
R. ¡A ti gloria y alabanza por los siglos!
Bendito eres, Señor, Dios de nuestros padres,
bendito tu nombre, santo y glorioso. R.
Bendito eres en el templo de tu santa gloria.
Bendito eres sobre el trono de tu reino. R.
Bendito eres tú, que sentado sobre querubines
sondeas los abismos. R.
Bendito eres en la bóveda del cielo. R.
SEGUNDA LECTURA
La gracia de Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo
Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Corintios 13, 11-13
Hermanos, alegraos, trabajad por vuestra perfección, animaos; tened un mismo sentir y vivid en paz. Y el Dios del amor y de la paz estará con vosotros.
Saludaos mutuamente con el beso ritual.
Os saludan todos los santos.
La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo estén siempre con todos vosotros.
Palabra de Dios.
Aleluya
Aleluya, aleluya, aleluya.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo;
al Dios que es, al que era y al que ha de venir. R.
EVANGELIO
Dios envió a su Hijo para que el mundo se salve por él
Lectura del santo Evangelio según san Juan 3, 16-18
Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito para que todo el que cree en él no perezca, sino que tengan vida eterna.
Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.
El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito de Dios.
Palabra del Señor.

Comentario Pastoral

EL AMOR, LA ENTREGA Y LA SANTIDAD
Después de que Cristo ha ascendido al cielo, cuando ya hemos recibido el Espíritu Santo, nos disponemos a celebrar la segunda parte del “tiempo ordinario” comenzando con una fiesta en honor de la Santísima Trinidad. Es el amor del Padre el que envía al mundo a su Hijo, concebido por obra y gracia del Espíritu Santo en el seno de María, la Virgen. Ante la contemplación de este misterio de amor brota la acción de gracias por las maravillas realizadas en favor nuestro.

El cristiano troquelado ya desde su bautismo con el sello de la Trinidad, vive con respeto, amor y alegría bajo la mirada del Dios único, compasivo y misericordioso. Y es ante el mundo testigo de la caridad del Padre, de la entrega del Hijo y de la santidad del Espíritu.

Muchos se empeñan en querer establecer una igualdad y una fraternidad sin Padre, al margen del amor de Dios. Y los cristianos, muy frecuentemente, queremos implantar y robustecer la imagen de Dios Padre, sin sentirnos hermanos. Esta es una tragedia de la sociedad actual, que se convierte en un reto para los creyentes en la Trinidad.

Toda la predicación de Jesús no tiene otro objetivo que revelar el amor del Padre y manifestar la cercanía de Dios, que ya no es inaccesible para el hombre. ¡Qué paz interior produce saber y experimentar, como dice la primera lectura de hoy, que nuestro Dios es “lento a la ira y rico en clemencia y lealtad”! Las mitologías de dioses vengativos, cargados de cólera y espíritu violento, son lo contrapuesto al Evangelio.

La fiesta de la Trinidad no es un “día” de ideas o conceptos, difíciles de explicar, sino que es fiesta de un misterio entrañable de vida y comunión, fiesta de un misterio de fe y de adoración. El prefacio de la Misa, texto antiguo que data del siglo sexto, alaba y canta la eterna divinidad, adorando a las tres personas divinas, que son iguales en su naturaleza y dignidad. Dios no es una palabra abstracta, un motor inmóvil ni una estrella solitaria. Dios es la fuente de la vida y del amor.
Andrés Pardo


de la Palabra a la Vida
El entrañable pasaje del Antiguo Testamento que se proclama en la primera lectura nos da una buena medida del contenido de la fiesta que la Iglesia celebra hoy: Moisés ha guiado a su pueblo hasta el Sinaí, pero ya padece la incredulidad de los suyos. No solamente experimenta el rechazo hacia sí mismo, sino también hacia Dios. En su debilidad, Dios baja “y se quedó con él”. Le hizo compañía. Moisés supo que Dios le estaba apoyando. Pero después de un tiempo en silencio, de animarle con su presencia, le enseña a decir: “Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad”. Dios va a enseñar a Moisés cómo se revela y cómo tiene que responderle. El consuelo que experimenta el caudillo es tan grande que no puede por menos que pedirle a Dios que no se quede sólo con él, sino que acompañe siempre a su pueblo. Esa compañía se va a manifestar de dos formas, una de ellas por el perdón, pues Dios no puede estar con su pueblo si su pueblo no manifiesta la santidad de su Dios, y la segunda es la cualidad de ser el pueblo “adoptado”, elegido, la heredad del Señor.

La fidelidad de Dios no deja dudas a la petición de Moisés, de tal forma que lo que este pide se cumple en Cristo. El evangelio así lo constata: Dios ha enviado a su Hijo al mundo para ser su salvación. Dios no busca condenar a los suyos, no espera escondido a nuestro error para lanzarse sobre nosotros de forma traicionera. Dios entrega a su propio Hijo para que no haya ninguna duda: en ninguna circunstancia, los hombres podrán desesperar de Dios.

Así, Dios va a buscar la forma oportuna, de permanecer fiel a la humanidad, de cumplir lo prometido a Moisés. Su revelación es un procedimiento en el que Dios quiere mostrar todo su ser para que los hombres puedan acoger tanto amor, tanto bien.

En este domingo de la Santa Trinidad, la Iglesia nos dice: cuando Dios se revela, el hombre debe responder en primer lugar con la alabanza. Cuando Dios manifiesta su fidelidad, la Iglesia antes que nada alaba a su Señor. “A ti gloria y alabanza por los siglos”. El amor paciente y comprensivo de la Trinidad educa al creyente por el camino de la alabanza: Sólo Dios merece toda alabanza. Y, entonces, cuando reconocemos la mano de Dios en la obra de creación, de redención o de santificación, no podemos sino responder admirados que es Dios quien lo ha hecho.

Es un ejercicio de realismo ofrecer a Dios el reconocimiento de su obra, que nos pone en relación con el Padre, con el Hijo y con el Espíritu oportunamente, pero que además nos ayuda a acoger la actitud que la Iglesia nos propone, la que el Dios de la montaña enseña a Moisés: reconoce y alaba lo que Dios hace, dale gloria por lo que tú no puedes pero Él sí. Bendecir al Señor es un antídoto contra la soberbia, contra la fuerza de la vanidad que nos tienta a apropiarnos de lo que no es nuestro, de lo que no nos corresponde. El sabio es aquel que sabe lo que es de Dios mirando inmediatamente su firma… y con humildad y alegría se lo reconoce.

¿Cuál es la obra del Padre en mi vida? ¿Y la del Hijo, y la del Espíritu Santo? ¿Soy fácil para la alabanza, para el reconocimiento, con el corazón y los labios, de la acción de Dios? Es un ejercicio este buenísimo para la salud de nuestra fe.

Ahora que hemos cerrado el tiempo de Pascua, misterio de revelación trinitaria, disponer de este domingo es una ayuda para ver que la forma de ser de Dios no es un capricho, es una revelación de Dios, de su intimidad, que quiere comunicar, no de cualquier manera, sino también y exclusivamente, en lo más profundo de nuestro corazón, lejos de toda forma de superficialidad.
Diego Figueroa

domingo, 31 de mayo de 2020

PRIMERA LECTURA
Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar
Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles 2, 1-11
Al cumplirse el día de Pentecostés, estaban todos juntos en el mismo lugar. De repente, se produjo desde el cielo un estruendo, como de un viento que soplaba fuertemente, que llenó toda la casa donde se encontraban sentados. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se dividían, posándose encima de cada uno de ellos. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía manifestarse.
Residían entonces en Jerusalén judíos devotos venidos de todos los pueblos que hay bajo el cielo. Al oírse este ruido, acudió la multitud y quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su propia lengua. Estaban todos estupefactos y admirados, diciendo:
«¿No son galileos todos esos que están hablando? Entonces, ¿cómo es que cada uno los oímos hablar en nuestra lengua nativa?
Entre nosotros hay partos, medos, elamitas y habitantes de Mesopotamia, de Judea y Capadocia, del Ponto y Asia, de Frigia y Panfilia, de Egipto y de la zona de Libia que limita con Cirene; hay ciudadanos romanos forasteros, tanto judíos como prosélitos; también hay cretenses y árabes; y cada uno los oímos hablar de las grandezas de Dios en nuestra propia lengua».
Palabra de Dios.
Sal 103, 1ab y 24ac. 29bc-30. 31 y 34
R. Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra.
Bendice, alma mía, al Señor:
¡Dios mío, qué grande eres!
Cuántas son tus obras, Señor;
la tierra está llena de tus criaturas. R.
Les retiras el aliento, y expiran
y vuelven a ser polvo;
envías tu aliento, y los creas,
y repueblas la faz de la tierra. R.
Gloria a Dios para siempre,
goce el Señor con sus obras;
que le sea agradable mi poema,
y yo me alegraré con el Señor. R.
SEGUNDA LECTURA
Hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 12, 3b-7. 12-13
Hermanos:
Nadie puede decir: «Jesús es Señor», sino por el Espíritu Santo.
Y hay diversidad de carismas, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de actuaciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos. Pero a cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para el bien común.
Pues, lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo.
Pues todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu.
SECUENCIA
Ven, Espíritu divino, manda tu luz desde el cielo. Padre amoroso del pobre; don, en tus dones espléndido; luz que penetra las almas; fuente del mayor consuelo.
Ven, dulce huésped del alma, descanso de nuestro esfuerzo, tregua en el duro trabajo, brisa en las horas de fuego, gozo que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos.
Entra hasta el fondo del alma, divina luz, y enriquécenos. Mira el vacío del hombre, si tú le faltas por dentro; mira el poder del pecado, cuando no envías tu aliento.
Riega la tierra en sequía, sana el corazón enfermo, lava las manchas, infunde calor de vida en el hielo, doma el espíritu indómito, guía al que tuerce el sendero.
Reparte tus siete dones, según la fe de tus siervos; por tu bondad y tu gracia, dale al esfuerzo su mérito; salva al que busca salvarse y danos tu gozo eterno.
Palabra de Dios.
Aleluya
Aleluya, aleluya, aleluya.
Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles
y enciende en ellos la llama de un amor. R.
EVANGELIO
Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo; recibid el Espíritu Santo
Lectura del santo Evangelio según san Juan 20, 19-23
Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
«Paz a vosotros».
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:
«Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».
Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:
«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».
Palabra del Señor.


Comentario Pastoral
PENTECOSTÉS SIEMPRE
Pentecostés no es una fiesta inventada por los cristianos. Era ya una fiesta judía, la fiesta de la Alianza, de la entrega de la Ley que suponía un pacto entre Dios y su pueblo. Fecha estelar en la historia de Israel, en la que aflora la conciencia de unidad del pueblo bajo el caudillaje de Yahvé, rey eterno.

Nuestro Pentecostés actual es la fiesta de la plenitud de la Redención, de la culminación cumplida y colmada de la Pascua. Desde el mismo nacimiento de la Iglesia el Espíritu de Dios desciende incesantemente sobre todos los cenáculos y recorre todas las calles del mundo para invadir a los hombres y atraerlos hacia el Reino.

Pentecostés significa la caducidad de Babel. El pecado del orgullo había dividido a los hombres y las lenguas múltiples eran símbolo de esta dispersión. Perdonado el pecado, se abre el camino de la reconciliación en la comunidad eclesial. El milagro pentecostal de las lenguas es símbolo de la nueva unidad.

Pentecostés es “día espiritual”. Cuando el hombre deja de ver las cosas solo con mirada material y carnal, y comienza a tener una nueva visión, la de Dios, es que posee el Espíritu, que lleva a la liberación plena y ayuda a vencer nuestros dualismos, los desgarramientos entre las tendencias contrarias de dos mundos contradictorios.

Desde Pentecostés la vida del creyente es una larga pasión que abre profundos surcos en la existencia cotidiana. En estos surcos Cristo siembra la semilla de su propio Espíritu, semilla de eternidad, que brotará triunfante al sol y a la libertad de la Pascua definitiva, al final de la historia, en la resurrección de los muertos.

Pentecostés es la fiesta del viento y del fuego, nuevos signos de la misma realidad del Espíritu. El viento, principio de fecundidad, sugiere la idea de nuevo nacimiento y de recreación. Nuestro mundo necesita el soplo de lo espiritual, que es fuente de libertad, de alegría, de dignidad, de promoción, de esperanza. El símbolo del fuego, componente esencial de las teofanías bíblicas, significa amor, fuerza, purificación. Como el fuego es indispensable en la existencia humana, así de necesario es el Espíritu de Dios para calentar tantos corazones ateridos hoy por el odio y la venganza.
Andrés Pardo
 
de la Palabra a la Vida
El evangelio de la fiesta de Pentecostés nos lleva directamente cincuenta días atrás, a aquella noche del primer día de la semana, cuando el Resucitado infundió a sus discípulos el Don del Espíritu. Cincuenta días que quedan recogidos por la vida de la Iglesia de manera providente: si ella existe es porque Cristo ha resucitado y ha querido darle el don del Paráclito. Con gran delicadeza, entonces, la Iglesia cierra la cincuentena concentrando en este misterio la gloria de la Pascua. Una Iglesia sin resucitado no tendría nada que ofrecer, pero sin Espíritu Santo no tendría fuerza para transformar el mundo. Igual que el cuerpo del Resucitado ha sido devuelto a la vida, a una vida nueva, así será transformada toda la creación por la fuerza del Espíritu.

Los textos de la Escritura son ricos en posibilidades para la contemplación: si san Lucas, en Hechos, se fija más en la cuestión histórica, san Juan, en el evangelio, se fija más en la unión intima entre el Calvario, la resurrección y las apariciones, y el don del Espíritu para la formación de la Iglesia.

A todo esto, la liturgia de la Palabra añade un componente fundamental en la carta de san Pablo a los Corintios: la Iglesia anuncia a Jesús como el Señor por la fuerza del Espíritu Santo, y cuando lo hace manifiesta su ser en la multiplicidad de dones y carismas: todo aquel que ha recibido el don del Espíritu, ha recibido una forma de comunicarlo. Será precisamente en su capacidad para escuchar, para acoger ese don, como aprenda a vivir en el mundo el don recibido.

Por eso, Pentecostés supone una continuidad preciosa entre la Trinidad y la Iglesia. Si el pecado había supuesto, desde el principio, una ruptura en cuanto a la relación y las voluntades de Dios y de la humanidad, la Pascua y el don del Espíritu tienen el efecto contrario: san Juan va a mostrar en el evangelio su teología de la participación: “Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”. Si, escuchábamos domingos atrás, Cristo y el Padre son uno, y Cristo envía el Espíritu a los suyos, ellos son hoy los enviados. Dios sale de sí, y necesita que el hombre también salga de sí mismo para llevar a cabo su misión. No es capricho, es mostrar lo que es. Es hacer visible lo que Dios ha hecho.

Por eso, la primera intención de ese don del Espíritu y de esa salida es el perdón de los pecados, porque en ese perdón se manifiesta la continuidad, la participación. Dios nos hace partícipes de su don y de su tarea. La intimidad con Él se lleva también a este campo: trabajamos juntos. Podemos cooperar con el Espíritu de Dios: Aquel que recibe en la Iglesia el don sobrenatural del Espíritu actuará de forma natural cuando se deje llevar por Él y anuncie el evangelio del perdón de Dios. La Iglesia se edifica, entonces, para poder conceder ese perdón y así establecer la comunión plena entre Dios y nosotros. Cristo ha querido servirse de aquellos pobres hombres para divinizarlos, y por ellos, a todos los que la formamos. Nos ha acompañado lo suficiente como para ver que necesitamos ese perdón. ¿Cómo acojo el perdón de Dios? ¿Soy capaz de reconocer mis errores y esperar el don del Espíritu?

En los discípulos no encontramos hoy en el evangelio ningún obstáculo al don que Jesús les da, por eso también nosotros tenemos que descubrir que la Pascua tiene el inmenso poder de echar abajo cualquier obstáculo. Celebremos el día de Pentecostés vivificados por el Espíritu, que establece la continuidad y la comunión entre el Creador y las criaturas.
Diego Figueroa

domingo, 24 de mayo de 2020



PRIMERA LECTURA
A la vista de ellos, fue elevado al cielo
Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles 1, 1 – 11
En mi primer libro, Teófilo, escribí de todo lo que Jesús hizo y enseñó desde el comienzo hasta el día en que fue llevado al cielo, después de haber dado instrucciones a los apóstoles que había escogido, movido por el Espíritu Santo.
Se les presentó él mismo después de su pasión, dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles del reino de Dios.
Una vez que comían juntos, les ordenó que no alejaran de Jerusalén, sino: «aguardad que se cumpla la promesa del Padre, de la que me habéis oído hablar, porque Juan bautizó con agua, pero vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo dentro de no muchos días».
Los que se habían reunido, le preguntaron, diciendo:
«Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?».
Les dijo:
«No os toca a vosotros conocer los tiempos o momentos que el Padre ha establecido con su propia autoridad; en cambio, recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que va a venir sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y “hasta el confín de la tierra”».
Dicho esto, a la vista de ellos, fue elevado al cielo, hasta que una nube se lo quitó de la vista. Cuando miraban fijos al cielo, mientras él se iba marchando, se les presentaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron:
«Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que ha sido tomado de entre vosotros y llevado al cielo, volverá como lo habéis visto marcharse al cielo».
Palabra de Dios.
Sal 46, 2-3. 6-7. 8-9
R. Dios asciende entre aclamaciones; el Señor, al son de trompetas.
Pueblos todos batid palmas,
aclamad a Dios con gritos de júbilo;
porque el Señor es sublime y terrible,
emperador de toda la tierra. R.
Dios asciende entre aclamaciones;
el Señor, al son de trompetas;
tocad para Dios, tocad,
tocad para nuestro Rey, tocad. R.
Porque Dios es el rey del mundo;
tocad con maestría.
Dios reina sobre las naciones,
Dios se sienta en su trono sagrado. R.
SEGUNDA LECTURA
Lo sentó a su derecha en el cielo
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 1, 17-23
Hermanos:
El Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo e ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos, y cuál la extraordinaria grandeza de su poder en favor de nosotros, los creyentes, según la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo, por encima de todo principado, poder, fuerza y dominación, y por encima de todo nombre conocido, no sólo en este mundo, sino en el futuro.
Y «todo lo puso bajo sus pies», y lo dio a la Iglesia, como Cabeza, sobre todo. Ella es su cuerpo, plenitud del que llena todo en todos.
Palabra de Dios.
Aleluya Mt 28, 19a. 20b
Aleluya, aleluya, aleluya.
Id y haced discípulos a todos los pueblos – dice el Señor -;
yo estoy con vosotros todos los días,
hasta el final de los tiempos. R.
EVANGELIO
Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra
Conclusión del santo Evangelio según san Mateo 28, 16-20
En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado.
Al verlo, ellos se postraron, pero algunos dudaron.
Acercándose a ellos, Jesús les dijo:
«Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra.
Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado.
Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin de los tiempos».
Palabra del Señor.

Comentario Pastoral

NO “ENCIELAR” A CRISTO
Los altibajos, tan de moda hoy, no solamente pueden ser síquicos o sociológicos sino espirituales. Hay momentos alternativos en que los pies se sienten muy hondos por el suelo y el alma muy alta por el cielo, como diría Juan Ramón Jiménez. La verdad es que cuando se tiene conciencia de que estamos “bajos”, entonces se puede “subir” y ascender.

La Iglesia celebra hoy el misterio, no el simple hecho, de la Ascensión del Señor. Porque Cristo bajó a la realidad de nuestro mundo, a la verdad de la carne humana, al dolor de la muerte, por eso Cristo subió por la resurrección a la gloria del Padre, llevando cautivos y comunicando sus dones a los hombres.

El misterio de la Ascensión no es simple afirmación de un desplazamiento local, sino creer que Cristo ha alcanzado la plenitud en poder y gloria, junto al Padre. La Ascensión es la total exaltación.

Esta solemnidad es día propicio para meditar en el cielo, como morada, como presencia de Dios. Frente a definiciones complicadas hoy brota casi espontánea la afirmación de que el cielo es presencia y el infierno ausencia de Dios.

¿Cómo el hombre puede vivir en presencia de Dios y tener experiencia celeste durante su paso por la tierra? En el evangelio encontramos la respuesta contundente: “guardando las palabras del Señor, amando”.

Por eso hay que evitar el peligro de “encielar” a Cristo, de llevarlo arriba desconectado de lo que pasa aquí abajo, de desterrarlo y perderlo. Quizás para algunos es más tranquilizante dejar a Cristo en el cielo para así poder vivir menos exigentemente en la tierra. Piénsese que de la misma manera que la encarnación no supuso abandono del

Padre, la ascensión no es separación y abandono de los hombres. A Cristo se le encuentra presente en la plegaria y en la acción, en los sacramentos y en los hermanos, en todos los lugares en que su gracia trabaja, libera y une.

No os quedéis mirando al cielo, sino extendiendo su reino y su presencia, acabando su obra de aquí abajo, es el mensaje de los ángeles de la ascensión
Andrés Pardo

Palabra de Dios:

Hechos de los apóstoles 1, 1 – 11Sal 46, 2-3. 6-7. 8-9
san Pablo a los Efesios 1, 17-23san Mateo 28, 16-20

de la Palabra a la Vida
Con una gran solemnidad, como es propio de un momento de gran importancia para la primera comunidad, Mateo relata en su evangelio la despedida de Jesús y sus discípulos: es el momento de entrega de su testamento, con palabras tan fuertes (“pleno poder”) que los discípulos no pueden sino postrarse y adorar. Es el Kyrios, el Señor, aquel que después de haber realizado su misión entre los hombres encomienda la que será propia de los suyos, dar a conocer a Cristo, muerto y resucitado.

Esta solemne entrega se cierra con palabras que no son extrañas para lo que venimos escuchando en cada domingo de Pascua: “yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”. El Señor se va a quedar con su Iglesia, se quedará de una forma nueva, sacramental, pero no dejará de acompañar a los suyos.

La solemnidad de la Ascensión es un momento de triunfo, de gran gloria, que hace referencia al éxito de la misión de Cristo y a su reinado y superioridad sobre todo lo que existe. Con todo lo que ha padecido, con todo lo que padecemos, con todo lo que sucede en el mundo, el evangelista puede decir que Cristo no solamente ha vencido, sino que sigue con nosotros.

Pero, como el evangelio de Mateo no relata propiamente la ascensión del Señor, esta la encontramos como relato en la primera lectura, en Hechos. Son, también, últimas instrucciones, movido por el Espíritu Santo que será el que dé vida a los suyos, el que los guíe en su tarea de evangelización. Aquellos que lo acompañaron por los caminos, que contemplaron su Pasión y lo encontraron vivo en la Pascua, ahora lo despiden para la gloria. Ellos son los testigos de todo ese camino.

La segunda lectura nos ofrece lo que quizás sea lo más propio de este día: la reflexión sobre lo sucedido en la Pascua y la Ascensión. El Resucitado se sienta a la derecha del Padre, comparte su gloria, pues ha llevado a cabo el plan fruto de la sabiduría del Padre. Y no solamente disfruta Él de esa posición de justicia, sino que “lo dio a la Iglesia como cabeza, sobre todo. Ella es su cuerpo, plenitud del que lo acaba todo en todos”: he aquí una declaración sorprendente del apóstol. En la Iglesia se realiza la plenitud de Cristo, que no significa que a Él le falte algún tipo de perfeccionamiento, sino que ella se verifica en la actividad de Dios, le da continuidad y visibilidad. La Iglesia será, entonces, lugar privilegiado de la actividad de Dios y de su Cristo.

Más aún: he ahí nuestra esperanza. Sí, porque todo lo que pertenece a Cristo, lo que a Él le ha sido entregado al ascender al cielo, pertenece también a su Cuerpo, a la Iglesia. Por eso, al contemplar hoy a Cristo victorioso podemos contemplar la herencia que nos espera y que nos va siendo entregada como gracia que nos transforma. Verdaderamente, Cristo no se ha desentendido de la Iglesia, sino que ahora asegura la entrega para ella del Don más valioso, el Defensor, regalo prometido que no se marchita.

La Ascensión del Señor supone el fin de un camino que comenzó con el abajamiento del Verbo, camino realizado para nuestra salvación y que se completa con el Don del Espíritu. Ahora, un hombre, uno como nosotros, se sienta a la derecha de Dios y recibe todo su poder, poder que ejercerá para derramar el Don del Espíritu sobre todos nosotros. Un hombre con Dios, todos nosotros con Él. El sueño de generaciones, de civilizaciones enteras, ha comenzado a cumplirse. Somos ahora los creyentes los que no podemos olvidar que, aunque no lo veamos, no se ha desentendido, sino que nos da la herencia que ha recibido para nosotros, para que lleguemos, subamos, con Él.
Diego Figueroa