domingo, 17 de septiembre de 2017

17/09/2017 – Domingo de la 24ª semana de Tiempo Ordinario.

ESCRITO POR EL . POSTEADO EN LECTURAS DE MISA
PRIMERA LECTURA
Perdona la ofensa a tu prójimo y, cuando reces, tus pecados te serán perdonados
Lectura del libro del Eclesiástico 27, 33-28, 9
Rencor e ira también son detestables, el pecador lo posee.
El vengativo sufrirá la venganza del Señor, que llevará cuenta exacta de sus pecados.
Perdona la ofensa a tu prójimo y, cuando reces, tus pecados te serán perdonados.
Si un ser humano alimenta la ira contra otro, ¿cómo puede esperar la curación del Señor?
Si no se compadece de su semejante, ¿cómo pide perdón por sus propios pecados?
Si él, simple mortal, guarda rencor, ¿quién perdonará sus pecados?
Piensa en tu final, y deja de odiar, acuérdate de la corrupción y de la muerte y corrupción, y sé fiel a los mandamientos.
Acuérdate de los mandamientos, y no guardes rencor a tu prójimo; acuérdate de la alianza del Altísimo y pasa por alto la ofensa.
Palabra de Dios.
Sal 102, 1-2. 3-4. 9-10. 11-12
R. El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia.
Bendice, alma mía, al Señor,
y todo mí ser a su santo nombre.
Bendice, alma mía, al Señor,
y no olvides sus beneficios. R.
Él perdona todas tus culpas
y cura todas tus enfermedades;
él rescata tu vida de la fosa,
y te colma de gracia y de ternura. R.
No está siempre acusando
ni guarda rencor perpetuo;
no nos trata como merecen nuestros pecados
ni nos paga según nuestras culpas. R.
Como se levanta el cielo sobre la tierra,
se levanta su bondad sobre los que lo temen;
como dista el oriente del ocaso,
así aleja de nosotros nuestros delitos. R.
SEGUNDA LECTURA
Ya vivamos, ya muramos, somos del Señor
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 14, 7-9
Hermanos:
Ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo.
Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; así que, ya vivamos ya muramos, somos del Señor.
Pues para esto murió y resucitó Cristo: para ser Señor de muertos y vivos.
Palabra de Dios.
EVANGELIO
No te digo que perdones hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete
Lectura del santo Evangelio según san Mateo 18, 21-35
En aquel tiempo, acercándose Pedro a Jesús le preguntó:
«Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?»
Jesús le contesta:
«No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.
Por esto, se parece el reino de los cielos a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus criados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así.
El criado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo:
“Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré todo.”
Se compadeció el señor de aquel criado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda. Pero, al salir, el criado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba, diciendo:
“Págame lo que me debes”.
El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba, diciendo:
“Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré.”
Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía.
Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo:
“¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo rogaste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?”
Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda.
Lo mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si cada cual no perdona de corazón a su hermano».
Palabra del Señor.

Domingo de la 24ª semana de Tiempo Ordinario. – 17/09/2017

ESCRITO POR WEBMASTER EL . POSTEADO EN HOY DOMINGO
Comentario Pastoral
PERDONAR SIN LÍMITES
Al hermano se le debe corregir, pero “¿cuántas veces le tengo que perdonar?’. Pregunta importante, que siempre es actual por su difícil aplicación. Algunos textos bíblicos conceden el perdón hasta tres veces; el apóstol Pedro, a fuerza de magnánimo, se atreve a doblar la aplicación hasta siete veces; pero Jesús desconcierta con su respuesta exigiendo un perdón sin límites hasta “setenta veces siete”.

La parábola que se lee en el evangelio de la misa de este domingo es muy clara; está estructurada en tres escenas con dos protagonistas: rey y empleado; empleado y compañero; señor y siervo. Sobresalen los contrastes, la oposición de los comportamientos. Un gesto de buena voluntad alcanza el perdón inmediato de una gran deuda de quien posteriormente es incapaz e implacable para condonar el exiguo crédito de un compañero. Dios tiene infinita misericordia, mientras el hombre perdonado se muestra mezquino, tirano e intolerable para prolongar el perdón recibido.

El perdón siempre debe ser alegre, ilimitado, generoso. La parábola de referencia señala el paso de una concepción cuantitativa a una visión cualitativa del perdón. Perdonar es tener piedad y amor, superar las leyes de una justicia rígida o de un rigor inflexible. No existen límites ni casos cuando se juzga con amor.

Hoy somos invitados a romper la lógica de la venganza, la cadena del odio, la prisión del rencor y de la ira. Hoy se nos convoca al reencuentro del amor y de la magnanimidad. El corazón grande se manifiesta en el perdón, que es victoria sobre la venganza, propia de espíritus pequeños. El que perdona vence dos veces; por eso es laudable cantar la victoria del perdón sin límites frente a las derrotas de los que dicen que perdonan pero no olvidan. Quien no es capaz de perdonar totalmente a otros rompe el puente por donde puede venir el perdón que él necesita.

Es preciso coincidir en que es humano amar, pero que es más humano y cristiano perdonar. En el dilema de opciones por la virtud de la justicia o por la virtud del perdón sin límites, el discípulo de Jesús debe escoger siempre el perdón. Es cristiano aquél que no sabe odiar y manifiesta en toda ocasión el perdón, más fácil a los enemigos y siempre difícil a los amigos. Estamos todos tan necesitados de perdón que debemos reconocer como asignatura pendiente la indulgencia.
Andrés Pardo


Palabra de Dios:

Eclesiástico 27, 33-28, 9Sal 102, 1-2. 3-4. 9-10. 11-12
san Pablo a los Romanos 14, 7-9san Mateo 18, 21-35

de la Palabra a la Vida
Durante los próximos domingos la liturgia nos ofrece en el relato evangélico algunas de las parábolas de san Mateo en las cuales se hace referencia a actitudes en el presente que tienen importancia para el futuro, para la vuelta del Señor. En este domingo el tema evidente es la capacidad de perdonar y la consecuencia inmediata; el Sirácida lo expone perfectamente: “Perdona la ofensa a tu prójimo, y se te perdonarán los pecados cuando lo pidas”. Hay una relación directa entre lo que perdonamos y lo que se nos perdona, lo sabemos bien los que rezamos a diario la oración del Señor. Por eso continúa su reflexión la primera lectura: “¿Cómo puede un hombre guardar rencor a otro y pedir la salud al Señor?”.

Por si no se ve la continuidad, el Señor lo expone con una parábola para que se vea claramente. Un criado recibe el perdón de una deuda inmensa y de inmediato es incapaz de perdonar una mínima deuda a un compañero, siendo tratado su compañero como lo merecía por su deuda él mismo. Una actitud tan injusta produce en los compañeros que lo ven una gran sorpresa y una mayor decepción: ¿cómo es posible que tengamos una manga “tan ancha” para nuestros errores y “tan estrecha” para los que otros cometen y que nos afectan? Esa actitud es propia de un corazón duro, un corazón centrado en uno mismo y que, desde luego, no trata a los demás como iguales, sino como alguien menor, que no merece lo que yo mismo sí merezco.

Para los judíos, Dios tiene dos medidas para gobernar el mundo, misericordia y justicia, pero al final de los tiempos sólo quedará la justicia. En cambio, Jesús es novedoso al enseñar que, al final, también la misericordia tendrá su vigencia. Y, ¿cuándo una y cuándo la otra? Según el evangelio no hay duda: Dios está dispuesto al perdón con quien durante su vida se haya mostrado dispuesto al perdón. Por el contrario, cuando en la vida se ha obrado con una exigencia rígida también así hará el Señor. Es, ciertamente, lo que Jesús advierte en otro lugar del evangelio: “La medida que uséis, la usarán con vosotros”. Se pone, entonces, en nuestras manos, el perdón de nuestros pecados. No hay duda de lo que más nos conviene.

Cuando nos acercamos al sacramento de la reconciliación y contemplamos admirados cómo nuestros pecados “blanquean como lana”, la actitud misericordiosa del Padre, como la del amo de la parábola, tienen que quedar impresas en nuestro corazón y conmoverlo, para que el recuerdo de tanta misericordia no se borre y nos haga obrar igual en la relación con nuestros hermanos. Dios es ofendido y perdona, nosotros somos agraviados y… ¿perdonamos? El salmo responsorial quiere dejar esta huella de cómo es Dios en nuestro corazón, para que salga de nosotros el ser como Él es y el actuar como Él actúa: “Dios es compasivo y misericordioso”. Tiene que quedar tatuado en nuestro corazón tanto amor, tan generoso, de tal forma que podamos ponernos en la presencia de Dios con un corazón tranquilo, confiado, no en sus propias fuerzas sino en que la misericordia de Dios se ha encontrado con nuestra actitud capaz de perdonar. ¿Quién no ha recibido de mí aún el perdón que pide, o que, seguro, mi corazón pide? ¿Cómo puedo guardar algo aún en el corazón, como ofensa, maquillado como “justicia” sólo sabiendo que eso me aleja de Dios?

Setenta veces siete es una forma muy gráfica de decir “siempre”. Setenta veces siete. No perdonemos setenta veces siete porque tenemos un gran corazón, sino porque el Señor ha tenido un corazón enorme con nosotros.
Diego Figueroa

domingo, 10 de septiembre de 2017


10/09/2017 – Domingo de la 23ª semana de Tiempo Ordinario.

ESCRITO POR EL . POSTEADO EN LECTURAS DE MISA

PRIMERA LECTURA
Sí no hablas al malvado, te pediré cuenta de su sangre
Lectura de la profecía de Ezequiel 33, 7-9
Esto dice el Señor:
«A ti, hijo de hombre, te he puesto de centinela en la casa de Israel; cuando escuches una palabra de mi boca, les advertirás de mi parte.
Si yo digo al malvado: “¡Malvado, eres reo de muerte!”, pero tú no hablas para advertir al malvado que cambie de conducta, él es un malvado y morirá por su culpa, pero a ti te pediré cuenta de su sangre.
Pero si tú adviertes al malvado que cambie de conducta, y no lo hace, él morirá por su culpa, pero tú habrás salvado la vida».
Palabra de Dios.
Sal 94, 1-2. 6-7. 8-9
R. Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: «No endurezcáis vuestro corazón»
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos. R.
Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía. R.
Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masa en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras». R.
SEGUNDA LECTURA
La plenitud de la ley es el amor
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 13, 8-10
Hermanos:
A nadie le debáis nada, más que amor mutuo; porque el que ama ha cumplido el resto de la ley. De hecho, el «no cometerás adulterio, no matarás, no robarás, no codiciarás», y cualquiera de los otros mandamientos, se resume en esto: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo».
El amor no hace mal a su prójimo; por eso la plenitud de la ley es el amor.
Palabra de Dios.
EVANGELIO
Si te hace caso, has salvado a tu hermano
Lectura del santo Evangelio según san Mateo 18, 15-20
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Si tu hermano peca, repréndelo estando los dos a solas. Si te hace caso, has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un gentil o un publicano.
En verdad os digo que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en los cielos, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en los cielos.
Os digo, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre que está en los cielos. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».
Palabra del Señor.


Domingo de la 23ª semana de Tiempo Ordinario. – 10/09/2017

ESCRITO POR WEBMASTER EL . POSTEADO EN HOY DOMINGO


Comentario Pastoral
LA CORRECCIÓN FRATERNA
E1 tema de la corrección fratema es clásico en la tradición cristiana. Su ejercicio es un arte, que supone humildad recíproca, amor auténtico, delicadeza y sensibilidad interior, En la liturgia de este domingo vigésimo tercero del tiempo ordinario los textos del profeta Ezcquiel y del evangelista Mateo nos lo recuerdan. El cambio de conducta por medio de la represión supone salvar la vida al hermano. Mantener empeño constante por llevar a la práctica el diálogo pastoral en el interior de la comunidad de los fieles es ayudarla a que sea siempre más luminosa.

Muchos piensan que la recíproca corrección es sólo algo personal, olvidándose de su dimensión eclesial, que proviene de la misma autoridad de Dios. Cuántos quieren que la Iglesia calle, que el Papa no hable, que los obispos no se pronuncien. Se supervalora la diplomacia del silencio creyendo que es más eficaz en la sociedad actual, donde abundan en todos los campos los mutismos cómplices. Sin embargo es preciso recordar que “Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva”. Y para ello es preciso que la acción pastoral de la Iglesia sea realizada sin hipocresía, murmuración, orgullo y prevaricación de poder.

Desde la atalaya que permite vislumbrar el horizonte de la verdad, se deben examinar las conductas fruto de la mentira. Porque el mal es una semilla siempre presente en el hombre y en el creyente. La Iglesia lo puede “desatar” con el perdón sacramental, siguiendo el ejemplo del Señor que era “amigo de los publicanos y pecadores”. Convertirse es evitar el fariseísmo estéril. Los cristianos no son los hombres perfectos que dicen que no roban, ni matan, ni hacen mal, sino aquellos que reconociéndose pecadores se convierten e intentan sin desmayo ser mejores todos los días.

La corrección fraterna exige un esfuerzo vario y múltiple de ayuda y de catequesis. De la liturgia de este domingo emerge un gran empeño pastoral y comunitario para los alejados, a la vez que se ejercita la comprensión y delicadeza hacia los errores que acompañan la existencia personal y eclesial. Sobresale la celebración de la misericordia contra todo rigorismo excesivo; el poder de “atar desata? es más bien aceptar perdonar y no un frío denunciar condenar. No en vano el amor es el centro coordinador del culto y de la vida y lo más específico de la existencia cristiana. El amor es la estrella polar que hace caminar a los creyentes por el camino recto de la verdad.
Andrés Pardo

Palabra de Dios:

Ezequiel 33, 7-9Sal 94, 1-2. 6-7. 8-9
san Pablo a los Romanos 13, 8-10san Mateo 18, 15-20

de la Palabra a la Vida
Las lecturas de hoy nos ponen en una delicada tesitura a los que buscamos cada día seguir al Señor. Son lecturas para las que necesitamos el marco correcto, marco que haga comprensible su sentido e inevitable su cumplimiento. Es el ámbito de la Iglesia, el Cuerpo de Cristo que ha sido vivificado con el Espíritu Santo, Espíritu de la verdad y del amor. Es por esto que no es en ningún caso indiferente para mí lo que otro miembro del Cuerpo viva o elija. No existe la vida de fe al margen de la comunidad cristiana, pues Cristo ha salvado reuniendo a sus hijos. En un mundo individualista, terriblemente individualista, en el que cada uno va a lo suyo sin mayor problema, la liturgia de la Palabra de hoy nos dice: no, el mundo sí, pero tú no. Porque tú eres un miembro de un cuerpo. Es por esto que el hermano que yerra debe ser corregido, y yo que yerro como todos debo esperar esa corrección también para mí. Cuando, a ese individualismo mundano se une la vanidad, querer corregir, ayudar a otro, a un hermano, es poco menos que deporte de riesgo. Por eso el marco es la Iglesia, para que no caigamos en la tentación de ir por la vida de fe como franco tiradores, a la caza de cualquier fallo o error. Sólo aquel que camina a mi lado está a mi alcance, sólo aquel al que me he acercado, cuyo lugar he ocupado, me es accesible, tiene la cercanía conmigo que hará fructíferas mis palabras. Porque sí, lo que se busca es “salvar al otro del error”. No saber más, no quedar por encima, no erigirse como ejemplo de nada: corregir es un servicio, dejarse corregir es una gran virtud. Y así, el Cuerpo de Cristo aparece más fuerte, más sabio, más santo.

Y es que el salmo responsorial nos ofrece una bonita perspectiva en la cuestión de la corrección: “Si hoy escucháis su voz, no endurezcáis el corazón”. En la voz del hermano, es la voz del Señor la que escucho. En la voz del que me corrige puedo reconocer la llamada del Señor a mi propia conversión. ¿La acepto? La madurez para acoger una corrección ha de ser tan grande como para hacerla, y han de estar motivadas ambas por la fe y el amor, son una consecuencia de una vida generosa en conversión y en experiencias cercanas a Dios. En un diálogo de fe y de amor, fácilmente experimentamos que recibimos o que damos vida, que encontramos el consuelo de Cristo.

Por eso puede decir san Pablo en la segunda lectura que “amar es cumplir la Ley entera”, porque el que conoce el amor de Dios entra en un camino de seguimiento del Señor, en un camino de conversión, en el que su corazón se va haciendo -a veces por la voz interior de la conciencia, a veces por las voces amigas desde fuera de nosotros – a seguir la Ley del amor de Dios. Así, el poder de “atar y desatar”, ligado tradicionalmente a la penitencia, amplía aquí su alcance a todos los cristianos y a todas las circunstancias en las que la virtud desata del error y conduce por el camino de la salvación, nos libera de vivir “atados” al error y al pecado.

En el ámbito de la Iglesia, en un proceso de comunión con el Señor, ¿experimento que soy dócil para dejarme corregir? ¿acepto entrar en ese misterio de amor en el que Cristo, por medio de la Iglesia, de los hermanos, me va mejorando, o creo que yo no tengo nada que cambiar, nada que purificar? La Iglesia sólo puede ser “hospital de campaña” si comenzamos por reconocer cada uno de nosotros las heridas y engaños que el Tentador y el pecado han producido en nosotros y la curación que Cristo, médico fiel, nos ha procurado. Ahí nos jugamos recibir y ofrecer el amor de Dios.
Diego Figueroa

domingo, 3 de septiembre de 2017

03/09/2017 – Domingo de la 22ª semana de Tiempo Ordinario.

ESCRITO POR EL . POSTEADO EN LECTURAS DE MISA
PRIMERA LECTURA
La palabra del Señor me ha servido de oprobio
Lectura del libro de Jeremías 20, 7-9
Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir; has sido más fuerte que yo y me has podido
He sido a diario el hazmerreír, todo el mundo se burlaba de mí.
Cuando hablo, tengo que gritar: proclamar violencia y destrucción.
La palabra del Señor se volvió me ha servido de oprobio y desprecio a diario.
Me dije: «No lo recordaré; no volveré a hablar en su nombre»; pero había en mis entrañas como fuego, algo ardiente encerrado en mis huesos.
Yo intentaba sofocarlo, y no podía.
Palabra de Dios.
Sal 62, 2. 3-4. 5-6. 8-9
R. Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío.
Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo,
mi alma está sedienta de ti;
mi carne tiene ansia de ti,
como tierra reseca, agostada, sin agua. R.
¡Cómo te contemplaba en el santuario
viendo tu fuerza y tu gloria!
Tu gracia vale más que la vida,
te alabarán mis labios. R.
Toda mi vida te bendeciré
y alzaré las manos invocándote.
Me saciaré como de enjundia y de manteca,
y mis labios te alabarán jubilosos. R.
Porque fuiste mi auxilio,
y a la sombra de tus alas canto con júbilo.
Mi alma está unida a ti,
y tu diestra me sostiene. R.
SEGUNDA LECTURA
Presentad vuestros cuerpos como sacrificio vivo
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 21-12, 1-2
Os exhorto, hermanos, por la misericordia de Dios, a que presentéis vuestros cuerpos como sacrificio vivo, santa, agradable a Dios; éste es vuestro culto espiritual.
Y no os amoldéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir cuál es la voluntad de Dios, que es lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto.
Palabra de Dios.
EVANGELIO
Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo
Lectura del santo Evangelio según san Mateo 16, 21-27
En aquel tiempo, comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenia que ser ejecutado y resucitar al tercer día.
Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo:
«¡Lejos de ti tal cosa, Señor! Eso no puede pasarte».
Jesús se volvió y dijo a Pedro:
«¡Ponte detrás de mí, Satanás! Eres para mí piedra de tropiezo; porque tú piensas corno los hombres, no como Dios».
Entonces dijo a los discípulos:
«Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a si mismo, tome su cruz y me siga.
Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará.
¿Pues de qué le servirá a un hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma? ¿O qué podrá dar para recobrarla?
Porque el Hijo del hombre vendrá, con la gloria de su Padre, entre sus ángeles, y entonces pagará a cada uno según su conducta».
Palabra del Señor.

Domingo de la 22ª semana de Tiempo Ordinario. – 03/09/2017

ESCRITO POR WEBMASTER EL . POSTEADO EN HOY DOMINGO
Comentario Pastoral
SUBIR A JERUSALÉN
La vida cristiana, inspirada y basada en la fe, es profundamente interior, y no se reduce a objetos, ritos o leyes. Somos santificados por acción del Espíritu Santo de Dios, que actúa directamente en el corazón de los creyentes. A todos los cristianos, como a Jeremías, la Palabra dulce de Dios se puede volver amarga y el amor seducción. A todos los cristianos, como a Jeremías, la Palabra dulce de Dios se puede volver amarga y el amor seducción. Sin embargo, esa misma Palabra, desde su verdad interior más profunda, nos invita a seguir cargando con la cruz.

El camino del profeta y del discípulo es ciertamente el camino de la cruz, que conoce oscuridades, abandono, silencios, sufrimientos. Cargar con la cruz no es otra cosa que negarse a sí mismo, saber renunciar y perder. Cristo sugiere un “perder” especial, para saber encontrar.

El final de la perícopa evangélica de este domingo es una mirada luminosa a la Pascua y al juicio liberador. Y es que la solidaridad con el Cristo sufriente desemboca en solidaridad con el Cristo glorioso. Nunca el dolor cristiano es desesperación, pues el yugo del Señor es siempre llevadero y su carga ligera.

Pero el comienzo de este evangelio dominical presenta la brusca reacción del apóstol Pedro ante el anuncio de la pasión del Señor. “¡No lo permita Dios, Señor! Eso no puede pasarte”. Reacción comprensible e impetuosa, cargada de amor hacia el Maestro, pero que no comprende los designios de Dios. “¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!”. Cuántas veces no sabemos aceptar y comprender los caminos de actuación de lo que llamamos “providencia o misterio de Dios”. Es decir, que ordinariamente, junto a la fe proclamada o celebrada, nos movemos entre el desconcierto de las reacciones puramente humanas, los esquemas humanos, los pensamientos humanos.

No es fácil subir a Jerusalén, para padecer allí mucho y consumar la obra redentora. El anuncio de la tragedia del Viernes Santo nunca es oportuno ni agradable. Cargar con la cruz no es eslogan de gran atractivo publicitario, aunque nos hace conocer y experimentar lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto.
Andrés Pardo

Palabra de Dios:

Jeremías 20, 7-9Sal 62, 2. 3-4. 5-6. 8-9
san Pablo a los Romanos 21-12, 1-2san Mateo 16, 21-27

de la Palabra a la Vida
El recorrido propio de la naturaleza es que la vida nace de la muerte. Cuando el hombre intenta sacar vida de la vida, de guardarse a sí mismo, de protegerse, no es vida lo que obtiene sino un camino misterioso de egoísmo que no tiene fin. Pero lo propio, y nuestra naturaleza bien lo sabe, es que sea la muerte la que dé origen a la vida. Cuando Pedro le niega al Señor esta dinámica, justo después de haber sido reconocido por el Señor como el que cuidará de su Iglesia, al Maestro no le queda más remedio que revolverse: Él no ha hecho así, Él no va a terminar su vida reservándosela, sino pasando por la muerte. Solamente así se puede engendrar una vida nueva, una vida duradera, eterna.

Por eso, el seguimiento de Cristo solamente puede hacerse con el peso de la cruz, peso que supone morir a uno mismo, supone no querer sino cargar con las cosas del Señor, y dejar que, oportunamente, Dios cargue con las del discípulo. Este es el camino de la vida, y así lo ha revelado de forma plena el Señor. Por eso, sus discípulos no pueden seguirle por otro camino. Ciertamente, la fuerza de atracción del Señor es tan grande que uno puede, en su camino de fe, decir con el profeta que nos sedujo a la vez que nos dejamos seducir, que nos forzó y nos pudo por el amor de Dios, que siendo invisible nos lleva a tomar decisiones visibles y concretas, decisiones en las que el seguimiento del Señor se manifiesta por el camino de la negación. Pero no, no se trata de negarnos a algunas cosas que bien podríamos hacer y aplazamos: el camino del Señor supone una negación de la propia voluntad. Esto es mucho más fuerte: Jesús llama a Pedro Satanás porque Pedro quiere hacer según sus cálculos, según su concepción razonable, según su instinto de protección: Que no te pase nada, porque no queremos que a nosotros tampoco nos pase nada. Y no es así: Jesús les enseña “hágase tu voluntad”, y ese es el camino misterioso. Esto de hacer aparecer el misterio de la cruz en pleno verano… la Iglesia no parece muy oportuna… el misterio de la cruz aparece en nuestros momentos más luminosos, de mayor éxito, de mayor reconocimiento: cuando Pedro más brilla por su reconocimiento del Mesías, el Señor le pide que
acepte la cruz. ¿Es que no podemos disfrutar del éxito, de la luz del que está arriba ni un momento? El Señor nos hará gozar de toda su luz, pero será tras haber recogido el misterio de la cruz. Así ha hecho con su Hijo único, así hace con nosotros. Encajan como un guante hoy, entonces, las palabras de la segunda lectura: “Os exhorto hermanos, por la misericordia de Dios a presentar vuestros cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios; éste es vuestro culto razonable. Y nos os ajustéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente”. La ofrenda se realiza por la negación de uno mismo, negación que a veces uno reconoce desde lejos que llama a la puerta, pero que a veces aparece súbitamente. En ese dolor, en ese camino en el que se elige la muerte, se sabe que el paso siguiente es la vida nueva. No hay duda. Y cuesta elegirlo, pero el “ansia de ti” que tiene nuestra alma nos lleva a elegir al Señor sobre todo, como hace todo discípulo que confía en su maestro. El misterio de la cruz no aparece en el momento del éxito y ya se va: presenta el verdadero camino de seguimiento de Cristo, que no es el éxito sino la negación de uno mismo. En fin, tantos ejemplos, tantas circunstancias, tantas ocasiones para ser ofrenda viva… que no parece soportable. Sólo el misterio del amor vence ese dolor y ayuda a aceptar la negación de uno mismo.

El lugar donde el corazón empieza a aprender esto es la liturgia de la Iglesia: allí lo que yo quiero, deseo, me gustaría, reciben un “no” por respuesta y, fiado de la Iglesia, acepto un “nosotros” que cambia la perspectiva de todo. Un “no” que lo cambia todo porque, en el fondo, es un sí al amor de Cristo y de su Iglesia.
Diego Figueroa

domingo, 27 de agosto de 2017


27/08/2017 – Domingo de la 21ª semana de Tiempo Ordinario.

ESCRITO POR EL . POSTEADO EN LECTURAS DE MISA

PRIMERA LECTURA
Pongo sobre sus hombros la llave del palacio de David
Lectura del libro de Isaías 22, 19-23
Así dice el Señor a Sobná, mayordomo de palacio:
«Te echaré de tu puesto, te destituiré de tu cargo.
Aquel día, llamaré a mi siervo, a Eliacin, hijo de Elquías: le vestiré tu túnica, le ceñiré tu banda, le daré tus poderes; será padre para los habitantes de Jerusalén y para el pueblo de Judá.
Pongo sobre sus hombros la llave del palacio de David: abrirá y nadie cerrará, cerrará y nadie labrirá.
Lo clavaré como una estaca en un lugar seguro, será un trono de gloria para la estirpe de su padre».
Palabra de Dios.
Sal 137, 1-2a. 2bc-3. 6 y Sbc 
R. Señor, tu misericordia es eterna, no abandones la obra de tus manos.
Te doy gracias, Señor, de todo corazón;
porque escuchaste las palabras de mi boca;
delante de los ángeles tañeré para ti,
me postraré hacia tu santuario. R.
Daré gracias a tu nombre:
por tu misericordia y tu lealtad,
porque tu promesa supera tu fama.
Cuando te invoqué, me escuchaste,
acreciste el valor en mi alma. R.
El Señor es sublime, se fija en el humilde,
y de lejos conoce al soberbio.
Señor, tu misericordia es eterna,
no abandones la obra de tus manos. R.
SEGUNDA LECTURA
De él, por él y par él existe todo
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 11, 33-36
¡Qué abismo de riqueza, de sabiduría y de conocimiento, el de Dios! ¡Qué insondables sus decisiones y qué irrastreables sus caminos!
En efecto, ¿quién conoció la mente del Señor? O ¿quién fue su consejero? O ¿quién le ha dado primero, para tener derecho a la recompensa?
Porque de él, por él y para él existe todo. A él la gloria por los siglos. Amén.
Palabra de Dios.
EVANGELIO
Tu eres Pedro, y te daré las llaves del reino de los cielos
Lectura del santo Evangelio según san Mateo 16, 13-20
En aquel tiempo, al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos:
«¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?».
Ellos contestaron:
«Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas».
Él les preguntó:
«Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?».
Simón Pedro tomó la palabra y dijo:
«Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo».
Jesús le respondió:
«¡ Bienaventurado tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está los cielos.
Ahora yo te digo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará.
Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra, quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos».
Y les mandó a los discípulos que no dijesen a nadie que él era el Mesías.
Palabra del Señor.


Domingo de la 21ª semana de Tiempo Ordinario. – 27/08/2017

ESCRITO POR WEBMASTER EL . POSTEADO EN HOY DOMINGO


Comentario Pastoral
SONDEO DE OPINIÓN
Las encuestas y los sondeos hoy abundan que es una barbaridad. Pero no son cosa de ahora. Aunque ahora se hagan con más técnica y se utilicen medios más sofisticados para tabularlas e interpretarlas, ya Jesús de Nazaret hizo su propio sondeo. La pregunta clave fue: ¿Quién decís vosotros que soy yo?”. Pregunta sin ambajes, directa, comprometedora incluso. Pregunta que hoy reitera Jesús a todos sus seguidores, a todos los que nos llamamos cristianos. Pregunta que está exigiendo una respuesta, por nuestra parte, clara, decidida, rotunda. Como fue la respuesta de Pedro.

Entonces la sola palabra de Pedro le sirvió a Jesús. Pero para el mundo de hoy no valen las solas palabras. Necesita hechos de vida, ejemplos concretos, actitudes convincentes. A Cristo hoy también le vale nuestra confesión sincera al proclamarle Hijo de Dios vivo. Pero al hombre de hoy no le basta esta palabra. Necesita ver nuestro compromiso. Compromiso que puede ser defender al inmigrante que la ley no protege; abogar por el derecho a la vida en toda circunstancia; aceptar a nuestro lado al que no tiene una casa donde vivir; solidarizarse con los necesitados; promover una enseñanza digna y que lleve a una formación integral del hombre; combatir la droga asesina y ayudar a redimirse a los que han caído en ella; dar, en fin, al hombre motivos para vivir y razones para esperar.

En el amplio campo del mundo hoy hay tarea para todos. En la profesión, en el trabajo, en la familia, en la política, en la economía, en el tiempo de vacaciones y en el tiempo del trabajo arduo, el cristiano tiene que decir, con su estilo de vida, con su testimonio concreto, y también ¿por qué no? a veces con su palabra quién es Jesucristo. Hay que dar razón de nuestra esperanza a quien nos la pida. El hombre de hoy necesita esa razón y nos la exige. Nuestra responsabilidad es dársela. Eludirla es cobardía. Asumirla es nuestra grandeza.

Pedro al dar razón de su fe es constituido fundamento de la Iglesia y recibe, bajo el símbolo de las llaves, la nueva autoridad y responsabilidad que se le confía. La fe que confiesa Pedro le transformará también su propio papel en la vida, como lo indica el cambio de nombre.

Basados en el fundamento de la sucesión apostólica celebramos el esplendor de los carismas, la armonía de la unidad y la gozosa posibilidad del perdón.
Andrés Pardo


Palabra de Dios:

Isaías 22, 19-23Sal 137, 1-2a. 2bc-3. 6 y Sbc
san Pablo a los Romanos 11, 33-36san Mateo 16, 13-20

de la Palabra a la Vida
¿A quién dejaríamos nosotros las llaves de nuestra casa? ¿A quién daríamos poder absoluto para decidir sobre unos u otros invitados? El Señor pone en manos del pescador el cuidado de su casa del cielo. Su respuesta creyente hace de él administrador, cuidador sorprendente del lugar más luminoso y feliz que se pueda imaginar. De nuevo nos encontramos, por tercera semana consecutiva, la importancia de una respuesta creyente, como la del mismo Pedro en el lago de Galilea o de la mujer cananea en Tiro y Sidón.

Sin embargo, lo que sostiene la respuesta del pescador, lo que fundamenta el acierto de sus palabras y, sobre todo, la promesa de Cristo, es su fidelidad. Cuando la Iglesia le dice en el salmo: “no abandones la obra de tus manos”, en realidad está reconociendo que no la va a abandonar, que va a perseverar en ella. El Tiempo Ordinario es siempre una invitación a fijarnos en el misterio de la constancia de Dios, que se manifiesta en nuestra vida a través de la debilidad, para que no nos cueste advertir que la vida no es obra nuestra, que el seguimiento de Jesucristo y la construcción de su Reino no son una decisión calculada por nuestra parte, sino una decisión amorosa y firme por la suya.

Por eso, Pedro no será como Sobná, mayordomo de palacio, que perderá las llaves del mismo por su infidelidad: en Pedro la Iglesia ve con asombro cómo la debilidad, el pecado del pescador se verán curados por la inmensa fidelidad del Hijo que persevera en su promesa inicial con una confianza mayor. La confesión de Pedro da pie a las palabras confiadas del Señor: “sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”. En la medida en la que Pedro aprenda a vivir en el misterio de Cristo, en la presencia constante y oculta del Señor, se fortalecerá el vínculo entre la Iglesia y Cristo.

El magnífico hogar al que el Señor ha ido a prepararnos sitio y del que ha entregado las llaves a Pedro para que abra y cierre según su criterio tiene una puerta de entrada que no es la fidelidad de Pedro, sino la fidelidad de Cristo. Este escándalo sólo puede ser acogido con humildad, sólo como experiencia de fidelidad del Señor, pues la obra que sale de las manos de Dios se ha construido con una piedra angular que es Cristo, y Él la sostiene, como signo de su fidelidad que nosotros podemos contemplar y en el que podemos alojarnos. Entrar en la Iglesia, en la celebración de la Iglesia, es participar en el misterio de la fidelidad de Dios, requiere una actitud necesaria para que sea fructífero, para que de verdad nos sintamos acogidos en casa: no lo hemos hecho nosotros, no estamos por mérito nuestro en esa casa ni participando de esos misterios porque hagamos las cosas muy bien. Solamente asi Pedro puede tomar en sus manos las llaves que Cristo le entrega, no por sabiduría propia, “de la carne y de la sangre”, sino “del Padre que está en los cielos”. Y celebrar en la Iglesia significa que el Señor no abandona la obra de sus manos, la obra de la liturgia, obra de la Santísima Trinidad. ¿Cómo podría el corazón de Pedro creerse digno del cielo por esas llaves? ¿cómo nos dejaríamos engañar nosotros por nuestra vanidad y creernos dignos del cielo por participar en los misterios? No lo somos, pero estamos unidos al Señor, que sí que lo es, y que nos hace dignos. Vivir en la Iglesia y celebrar en la Iglesia nos han de hacer trabajar entonces lo que Pedro al recibir el encargo del Maestro: acoger lo que se nos da por mérito del Señor, por la santidad de Cristo.
Diego Figueroa